La transición energética global ha mutado de una cruzada ambiental a una estrategia dictada por la economía y la seguridad. Un análisis reciente revela que la adopción de tecnologías limpias, como los autos eléctricos y la energía solar, está intrínsecamente ligada a su rentabilidad y confiabilidad, más que a preocupaciones ecológicas.
Este fenómeno se hizo evidente en marzo, cuando el cierre del Estrecho de Ormuz disparó el precio del crudo Brent por encima de los 100 dólares. Como respuesta, las ventas de vehículos eléctricos experimentaron un auge sin precedentes, registrando aumentos de casi el 90% en 30 países y marcando récords mensuales en una treintena de ellos. La Agencia Internacional de Energía (AIE) proyecta que los eléctricos representarán cerca del 30% de las ventas globales de automóviles este año, impulsados no por la conciencia climática, sino por el encarecimiento y la incertidumbre en el suministro de gasolina.
La lógica detrás de esta transición se ha desplazado. Lo que durante una década se promovió como una agenda ambiental, ahora se define por su viabilidad económica y seguridad. La energía limpia prospera donde es barata y segura, y retrocede donde no lo es. Este cambio de paradigma ayuda a comprender un experimento energético que, según los reportes, nadie diseñó explícitamente.
La ley fiscal firmada por Donald Trump en julio de 2025 adelantó el fin de los créditos fiscales para la energía solar y eólica, y eliminó el subsidio de 7,500 dólares para la compra de autos eléctricos a partir del 30 de septiembre de 2025. El mensaje fue claro: mayor producción de hidrocarburos, menor regulación y una apuesta por la libre elección del mercado. Más de un año después, los resultados son menos predecibles de lo que esperaban tanto los defensores como los detractores de estas políticas.
Contrario a lo esperado en un gobierno favorable a los hidrocarburos, la Administración de Información Energética (EIA) proyectó para 2026 una adición récord de 86 gigawatts de capacidad eléctrica. De esta cifra, el 51% provendría de la energía solar, el 28% de baterías, el 14% de eólica y solo el 7% de gas natural. En contraste, la inversión en petróleo y gas ha caído por tercer año consecutivo, situándose por debajo de los 500 mil millones de dólares, según la AIE, a pesar de que el Brent alcanzó los 128 dólares a principios de abril.
A nivel global, la AIE estima que la inversión total en energía alcanzará los 3.4 billones de dólares este año, de los cuales 2.2 billones se destinarán a fuentes limpias, redes y almacenamiento, casi duplicando la inversión en combustibles fósiles. BloombergNEF, por su parte, registró un récord de 2.3 billones en inversión para la transición energética en 2025, con un crecimiento del 3.5% en Estados Unidos.
La explicación de este fenómeno no reside en una repentina conciencia ambiental corporativa, sino en las hojas de cálculo. Lazard calcula que la energía solar a gran escala, sin subsidios, cuesta entre 40 y 98 dólares por megawatt-hora, mientras que el ciclo combinado de gas se sitúa entre 51 y 129 dólares por megawatt-hora, su nivel más alto en 15 años debido al precio del combustible y la escasez de turbinas. Para las empresas que requieren suministro eléctrico constante y a bajo costo, la decisión es clara.
Sin embargo, el impacto ha sido diferente en las decisiones de los consumidores. La participación de los vehículos eléctricos en las ventas de autos nuevos en Estados Unidos disminuyó significativamente. Tras alcanzar un máximo del 10.6% en el tercer trimestre de 2025, impulsado por la anticipación del fin del crédito fiscal, la cifra cayó al 5.8% a principios de 2026 y se mantenía en 5.6% en julio, según Cox Automotive. Este cambio ha llevado a fabricantes como Ford, General Motors, Stellantis y Honda a anunciar cargos por alrededor de 70 mil millones de dólares para reajustar sus planes de electrificación.
La manufactura de tecnologías limpias también se vio afectada. Desde enero de 2025, se han cancelado proyectos de fabricación de tecnologías limpias en Estados Unidos por más de 35 mil millones de dólares, superando los 25,500 millones anunciados en el mismo período. El monitor de Rhodium y el MIT registró seis trimestres consecutivos de caída en este sector antes de un ligero repunte a mediados de este año.
México ha experimentado ambas facetas de esta transición. En 2025, el país fue un proveedor clave de autos eléctricos para el mercado estadounidense. Sin embargo, en el primer trimestre de 2026, las exportaciones de estos vehículos cayeron un 69.6%, lo que llevó a General Motors a suspender un turno en su planta de Ramos Arizpe, resultando en mil 900 despidos. Paralelamente, la convocatoria de proyectos mixtos de generación eléctrica con la CFE, que buscaba unos siete gigawatts, recibió ofertas por 34 gigawatts, evidenciando una demanda dispar en diferentes sectores.
La segunda lección importante es la creciente concentración del mercado. Los contratos corporativos de compra de energía limpia cayeron un 10% en 2025, la primera disminución en casi una década, según BloombergNEF. Amazon, Meta, Google y Microsoft concentraron el 49% del volumen mundial. En Estados Unidos, aunque el volumen fue récord, el número de compradores distintos se redujo a la mitad.
Estas grandes tecnológicas también presentan un panorama complejo. Sus emisiones están entre un 23% y un 64% por encima de los niveles previos al lanzamiento de ChatGPT, y Microsoft, por ejemplo, está respaldando nuevas plantas de gas para alimentar sus centros de datos. Lo que parece prevalecer es una aceleración en la electrificación general, más que una descarbonización profunda.
El discurso público también ha evolucionado. Un reporte de PwC indica que el 82% de las empresas mantiene o acelera sus metas climáticas, pero la proporción que las eleva ha disminuido del 36% al 23% en un año. Una encuesta a más de 7,000 directivos del G7 reveló que el 61% ha modificado la forma de comunicar sus objetivos climáticos, enfocándose más en la resiliencia y la seguridad energética. Se están tomando acciones similares, pero se comunican con menor énfasis.
No obstante, es crucial resistir la tentación de declarar ganadora a la transición energética. La AIE prevé que la inversión en carbón alcance este año su nivel más alto desde 2012, y la inversión en gas natural se sitúe en 330 mil millones de dólares, su máximo en una década. Fatih Birol, director ejecutivo de la AIE, compara el momento actual con los choques petroleros de los años setenta, que reconfiguraron las estrategias de inversión globales.
El mundo está sumando capacidad de energía limpia a un sistema energético en constante crecimiento, pero aún no logra sustituir completamente a los combustibles fósiles. La transición, por tanto, se presenta como un proceso complejo y multifacético, dictado por la pragmática realidad económica y de seguridad, más que por ideales ambientales.