El Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) se perfila para un periodo prolongado de inestabilidad comercial, lejos de una resolución rápida a las tensiones actuales. Las empresas mexicanas deben prepararse para años de incertidumbre, marcados por reglas de origen más estrictas, incrementos en los costos logísticos y la posibilidad de que Estados Unidos condicione el acceso a su mercado a factores ajenos al comercio, como la migración y la seguridad.

Kenneth Smith, presidente del Comité Empresarial Bilateral del Consejo Empresarial Mexicano de Comercio Exterior (COMCE) y exjefe negociador técnico del T-MEC, advirtió durante el Expansión Summit 2026 que la "turbulencia" comercial persistirá, especialmente mientras Donald Trump permanezca en la presidencia estadounidense. Smith aclaró que no hay indicios de que Washington busque abandonar el acuerdo, pero sí una clara intención de modificarlo para limitar la influencia de China, endurecer las normativas de origen y asegurar que una mayor proporción de los beneficios comerciales permanezcan dentro de América del Norte. Esta coyuntura obliga a las compañías a anticipar un escenario de tratado comercial bajo condiciones más rigurosas.

El gobierno mexicano, por su parte, debe actuar con cautela. Smith enfatizó la necesidad de obtener claridad sobre el acceso de las exportaciones mexicanas al mercado estadounidense antes de aceptar concesiones con implicaciones a largo plazo. Para él, la principal garantía que México puede ofrecer a inversionistas y exportadores es el estricto cumplimiento del acuerdo comercial. Esto, a su vez, requiere alcanzar un entendimiento que elimine o minimice los aranceles impuestos por Estados Unidos.

"No tenemos por qué tener aranceles en América del Norte", afirmó Smith, quien considera que México debe asegurar el trato arancelario más favorable concedido por Estados Unidos a cualquier socio comercial, incluso antes de aceptar reglas de origen más estrictas o nuevas restricciones relacionadas con China. La relevancia de esta negociación se acentúa ante las investigaciones en curso en Estados Unidos sobre diversos sectores, que podrían derivar en la imposición de aranceles adicionales. A esto se suma la tendencia de utilizar la política comercial como herramienta de presión en asuntos que trascienden el T-MEC, como la lucha contra el narcotráfico y el control migratorio.

La complejidad de vincular estos frentes radica en que los resultados en materia de seguridad no son inmediatos. Incluso con un aumento en arrestos, extradiciones o desmantelamiento de laboratorios, no existe garantía de que Washington retire las medidas comerciales. Esta incertidumbre ya ha alterado la operativa de las empresas.

Leonardo Gómez, presidente ejecutivo de la Asociación Nacional de Transporte Privado (ANTP), señaló que la evaluación de riesgos comerciales ha pasado de ser un ejercicio anual a una actividad diaria. El sector del transporte, que mueve el 80% del valor de las mercancías y realiza más de seis millones de cruces fronterizos anuales con Estados Unidos, actúa como un termómetro de la relación bilateral. Sin embargo, la saturación de carreteras, las interrupciones en las aduanas y la inseguridad han mermado la ventaja competitiva de la proximidad geográfica.

Las compañías del sector logístico están destinando más recursos a tecnología, trazabilidad y prevención del robo, costos que eventualmente se reflejan en el precio final de los productos. Por ello, Gómez hizo un llamado a incrementar la inversión en infraestructura, implementar políticas públicas claras y ofrecer certidumbre para la renovación de la flota vehicular, cuya edad promedio supera los 19 años. "Para todo ello y poder invertir se requiere certidumbre específica y políticas públicas que fortalezcan la cadena de valor", subrayó.

Rogelio Arzate, presidente ejecutivo de la Asociación Nacional de Productores de Autobuses, Camiones y Tractocamiones (ANPACT), describió la relación actual como un periodo de madurez y renegociación, más que una crisis. "Yo digo que más bien tenemos una gran oportunidad", expresó, destacando la profunda integración de la industria de vehículos pesados, donde algunos componentes pueden cruzar la frontera hasta ocho veces antes del ensamblaje final.

El sector automotriz de vehículos pesados cumple actualmente con un contenido regional del 64%, cifra que deberá incrementarse al 70% para 2027. Para alcanzar esta meta, Arzate planteó tres objetivos clave: expandir la capacidad de fabricación regional, atraer inversiones para la producción de componentes actualmente importados de Asia y fomentar el desarrollo de proveedores mexicanos. Las carencias abarcan desde componentes electrónicos como chips, sistemas telemáticos y radios, hasta piezas metálicas como acero y tornillos de calidad automotriz.

El futuro del T-MEC, por lo tanto, no se definirá únicamente en las mesas de negociación. Dependerá crucialmente de la capacidad de México para aumentar la producción de insumos, agilizar la logística y garantizar un entorno de seguridad para las empresas. Preservar el acuerdo será solo el primer paso; competir eficazmente dentro de él exigirá una mayor inversión, una robusta proveeduría regional y certeza sobre las reglas que regirán una vez superada la actual turbulencia.

En contexto, la revisión del T-MEC, que entró en vigor en 2020, busca actualizar las disposiciones del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) y adaptarlo a las nuevas realidades económicas y tecnológicas. Sin embargo, las tensiones geopolíticas y las prioridades políticas de Estados Unidos han introducido elementos de volatilidad que ponen a prueba la resiliencia del acuerdo.

Históricamente, los acuerdos comerciales internacionales han enfrentado periodos de ajuste y renegociación. El T-MEC no es la excepción, y las demandas de Estados Unidos por un mayor contenido regional y la protección de sus industrias estratégicas reflejan una tendencia global hacia el proteccionismo y la relocalización de cadenas de suministro.

Las implicaciones para México son significativas. Una mayor exigencia en las reglas de origen podría impulsar la inversión en la manufactura de componentes, pero también podría generar costos adicionales si la capacidad productiva interna no se desarrolla al ritmo necesario. La vinculación del comercio con temas de seguridad y migración representa un desafío adicional, ya que estos son procesos complejos y de largo plazo que no se resuelven fácilmente.

Las reacciones esperables de los sectores productivos en México son de cautela y de demanda de certidumbre. Las empresas buscarán diversificar sus mercados y fortalecer sus cadenas de valor para mitigar riesgos. El gobierno mexicano, por su parte, deberá equilibrar las demandas de sus socios comerciales con la necesidad de proteger y promover la industria nacional.

Lo que sigue para México es una estrategia clara que aborde tanto los aspectos comerciales como los de seguridad y migración. La inversión en infraestructura, tecnología y desarrollo de proveedores será fundamental para mantener la competitividad y asegurar el acceso preferencial al mercado estadounidense bajo las nuevas condiciones del T-MEC.