La Presidenta Claudia Sheinbaum ha iniciado una ambiciosa gira por las 32 entidades federativas bajo el pretexto de informar sobre su Segundo Informe de Gobierno. Sin embargo, esta jornada de rendición de cuentas, más allá de su propósito institucional, está inevitablemente cargada de lecturas electorales, a tan solo un año de los cruciales comicios intermedios de 2027. En este contexto, cada discurso, cada templete y cada concentración de simpatizantes se convierten en piezas clave para una contienda que definirá la composición de la Cámara de Diputados, 17 gubernaturas y un sinfín de cargos locales.

Si bien informar directamente a los ciudadanos es una prerrogativa legítima del cargo, el problema surge cuando la rendición de cuentas se ve empañada por la descalificación sistemática de los adversarios políticos y la defensa acérrima del partido en el poder. A esto se suma la creciente brecha entre la realidad que experimenta la población y el México idílico que se proyecta desde las conferencias matutinas.

Colima se ha erigido como el primer y contundente aviso de los riesgos inherentes a esta estrategia. Durante el evento del pasado sábado, un grupo de asistentes manifestó su descontento desde la intervención de la gobernadora Indira Vizcaíno, a quien se señala como responsable directa del malestar imperante en la entidad. Entre los reclamos más sonados figuró la oposición a la expansión del Puerto de Manzanillo. Los gritos de inconformidad persistieron durante el mensaje presidencial, alcanzando momentos de alta tensión con consignas de "¡fuera!" dirigidas a la propia Sheinbaum.

La respuesta inicial de la Presidenta fue ofrecer escuchar a los inconformes al finalizar el acto. No obstante, la tensión escaló hasta llevarla a calificar a los manifestantes de "irrespetuosos" y a sugerir su pertenencia al "PRIAN", insinuando una infiltración orquestada. Este episodio, que podría ser relegado a una simple anécdota en el marco de una extensa gira nacional, representa en realidad un crudo "baño de realidad" para el gobierno.

La dinámica de gobernar desde la comodidad de Palacio Nacional, rodeada de un círculo de funcionarios, legisladores y simpatizantes, y alimentada por un discurso que distorsiona la realidad, contrasta diametralmente con la experiencia de recorrer un país donde ciudadanos genuinamente inconformes, y no necesariamente afiliados a partido alguno, expresan su sentir. La tendencia a catalogar automáticamente cualquier protesta social como una conspiración partidista es un vicio heredado del obradorismo, que identifica al adversario político en todo aquel que ose cuestionar al gobierno.

Es crucial reconocer que los abucheos en Colima no reflejan la totalidad del sentir nacional. Las encuestas, como la publicada por El Financiero al cierre del segundo año de gestión, sitúan la aprobación de Sheinbaum en un respetable 68 por ciento. Precisamente por ello, resulta innecesario y contraproducente que la titular del Ejecutivo responda a ciudadanos con reclamos legítimos etiquetándolos de inmediato como militantes de oposición.

Morena ya se encuentra inmerso en la vorágine de la disputa interna por las candidaturas para 2027. En las 17 entidades donde se renovarán las gubernaturas, la competencia por las postulaciones es feroz, marcada por la proliferación de aspirantes, la formación de grupos de poder, el influyentismo y los enfrentamientos internos. Las encuestas para designar a los "coordinadores estatales" se han convertido en la principal herramienta para gestionar estas ambiciones, y en varios estados, las contiendas están tan reñidas que la dirigencia nacional se ve obligada a mediar para evitar fracturas significativas.

Es previsible que, a medida que el calendario electoral avance, estos encontronazos internos se intensifiquen. La batalla principal por el poder, en muchos casos, ya no se libra contra la oposición externa, sino dentro de las propias filas del oficialismo. Este será, sin duda, otro de los grandes desafíos para la administración Sheinbaum.

La Presidenta deberá navegar con habilidad para evitar que su gira de "rendición de cuentas" se transforme en un mero "muro de lamentaciones" o en una pasarela de aspirantes, una dinámica que ya se observó en Nuevo León. La investidura presidencial exige una piel curtida, la capacidad de escuchar reclamos y la tolerancia para soportar protestas, incluso aquellas que puedan parecer injustas o políticamente motivadas. La tolerancia requerida para el cargo es, por definición, superior a la de cualquier dirigente partidista.

El incidente en Colima, por lo tanto, trasciende lo anecdótico y se presenta como una advertencia política de considerable peso. La complejidad de la realidad nacional excede los confines de las conferencias matutinas, las encuestas y los informes oficiales. Si bien el discurso presidencial tenderá a minimizar la importancia de estas protestas, presentándolas como ajenas a su persona, las redes sociales, otrora celebradas por la autodenominada "Cuarta Transformación" cuando estaban en la oposición, actúan ahora como un espejo incómodo e ineludible.

La delgada línea que separa un informe gubernamental de un acto anticipado de campaña se difumina peligrosamente cuando se presume de obras y se les atribuye nombres y apellidos de funcionarios y partidos políticos. Esta práctica, aunque pueda ser vista como una transgresión al marco electoral, parece tener poca repercusión práctica, dado el aparente control que el oficialismo ejerce sobre organismos como el INE y el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, lo que genera un clima de impunidad.