México enfrenta una hemorragia económica silenciosa pero brutal: más de 12 por ciento de su Producto Interno Bruto se evapora cada año debido a la violencia descontrolada y la corrupción enquistada en trámites y servicios públicos, según datos revelados por el Instituto para la Economía y la Paz (IEP) y el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi).

La cifra representa una pérdida monumental de recursos que podrían destinarse al desarrollo nacional, la infraestructura o programas sociales. En términos concretos, ese 12.4 por ciento equivale a cientos de miles de millones de pesos que simplemente se desvanecen en el ecosistema de criminalidad y prácticas corruptas que permean las instituciones.

El IEP, organización especializada en medir el impacto económico de la violencia, documentó cómo los costos directos e indirectos de la inseguridad —desde gastos en seguridad privada hasta pérdidas por extorsión y secuestro— drenan la productividad empresarial y el bienestar ciudadano. Las empresas destinan recursos crecientes a protegerse en lugar de invertir en crecimiento.

Por su parte, las estadísticas del Inegi sobre corrupción en servicios públicos pintan un panorama igualmente preocupante: los sobornos, las mordidas y los trámites inflados artificialmente representan un impuesto invisible que pagan millones de mexicanos y empresas diariamente, erosionando la confianza institucional y encareciendo cualquier gestión oficial.

La combinación de ambos fenómenos —violencia rampante y corrupción sistémica— crea un círculo vicioso que frena el potencial económico del país. Mientras otros países de la región avanzan en competitividad, México arrastra este lastre que compromete su capacidad de atraer inversión y generar empleos de calidad.

Los analistas consultados coinciden en que sin una estrategia integral que ataque simultáneamente ambos problemas, la economía mexicana seguirá operando muy por debajo de su capacidad real, condenando a millones a oportunidades perdidas y un futuro económico comprometido.

Las cifras oficiales dejan poco margen para el optimismo: cada punto porcentual perdido representa empleos que no se crean, salarios que no suben y familias que no pueden prosperar. La pregunta que queda flotando es cuánto tiempo más puede el país darse el lujo de sangrar su riqueza en esta doble herida autoinfligida.