En un patético intento por desviar la atención de la cruda realidad que azota a México, la presidenta Claudia Sheinbaum salió al paso de las contundentes declaraciones de Donald Trump, quien una vez más señaló que nuestro país está sumido bajo el yugo de los cárteles del narcotráfico. En lugar de ofrecer una respuesta firme y basada en hechos que demuestren un verdadero combate a la delincuencia, Sheinbaum se refugió en un discurso evasivo, pidiendo no "engancharse" con cada declaración del exmandatario estadounidense.

La mandataria, en su conferencia matutina, intentó minimizar las palabras de Trump, sugiriendo que el expresidente "no está bien informado". Sin embargo, esta afirmación resulta hueca cuando se contrasta con la percepción generalizada y los reportes internacionales que pintan un panorama desolador en materia de seguridad. La defensa de Sheinbaum se basó en la supuesta "existencia del Estado mexicano", una frase que suena hueca ante la violencia que se vive día a día en nuestras calles.

Para intentar dar un barniz de legitimidad a su defensa, Sheinbaum recurrió a la mención de figuras como Omar García Harfuch, titular de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana, y Ricardo Trevilla Trejo, de la Sedena. Citó el atentado que sufrió Harfuch en 2020 como prueba de su entrega al servicio público, un argumento perverso que confunde la valentía individual con la eficacia de las políticas de seguridad implementadas por su gobierno.

La presidenta también se jactó del abatimiento de Nemesio Oseguera Cervantes, alias 'El Mencho', líder del CJNG, como si este hecho aislara fuera una victoria definitiva contra el crimen organizado. Si bien la neutralización de un capo de esa magnitud es relevante, no puede ocultar la persistencia y la expansión de otros grupos delictivos que continúan operando con impunidad en vastas regiones del país.

Las cifras presentadas por Sheinbaum, como la supuesta disminución del 46% en homicidios dolosos y del 70% en la entrada de fentanilo a Estados Unidos por tierra, deben ser analizadas con extremo escepticismo. Estos datos, a menudo presentados sin el contexto adecuado o basados en metodologías cuestionables, contrastan fuertemente con la percepción de inseguridad que domina en la sociedad mexicana y con los propios reportes de organismos internacionales.

La narrativa oficialista de "resultados" choca frontalmente con la realidad de miles de familias que viven aterrorizadas, con la extorsión que ahoga a pequeños y medianos empresarios, y con la presencia cada vez más visible de grupos criminales que controlan territorios y extorsionan a la población.

Es preocupante que, en lugar de reconocer la gravedad del problema y proponer soluciones contundentes, la administración actual se aferre a un discurso de autocomplacencia y minimización. La estrategia de "abrazos, no balazos", que ha sido duramente criticada, parece seguir vigente en la práctica, permitiendo que la violencia siga escalando.

La mención de las acusaciones del Departamento de Justicia de Estados Unidos contra funcionarios mexicanos, incluido el gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, solo sirve para evidenciar la penetración del crimen organizado en las estructuras de poder. En lugar de ser un argumento para defenderse, debería ser una llamada de atención urgente para depurar las instituciones y erradicar la complicidad.

Donald Trump, a pesar de sus propias controversias, ha puesto el dedo en la llaga al señalar la debilidad del Estado mexicano frente a los cárteles. Su insistencia en este tema, aunque pueda ser vista como una estrategia política, resalta una verdad incómoda que la administración Sheinbaum se empeña en ocultar.

La defensa de Sheinbaum no solo es tibia, sino que revela una profunda desconexión con la realidad que viven millones de mexicanos. La "existencia del Estado mexicano" se pone en duda cada vez que un ciudadano es víctima de la delincuencia y las autoridades no pueden garantizar su seguridad o impartir justicia.

El llamado a no "engancharse" con Trump es, en realidad, un llamado a ignorar la crítica externa y a mantener una fachada de normalidad que no se corresponde con la gravedad de la crisis de seguridad que enfrentamos. Es hora de que la presidenta deje de lado los discursos vacíos y presente un plan de acción claro, contundente y efectivo para recuperar la paz y la seguridad en nuestro país.

La estrategia de seguridad actual ha demostrado ser insuficiente. Se requiere un replanteamiento profundo, con mayor coordinación entre fuerzas federales y estatales, un combate frontal a la corrupción que facilita la operación de los cárteles, y políticas sociales que atiendan las causas estructurales de la violencia. Solo así se podrá empezar a revertir la grave situación que hoy nos aqueja y que Donald Trump, para bien o para mal, ha puesto de manifiesto ante el mundo.