La tensión comercial entre México y Estados Unidos escala. La próxima semana, del 16 al 17 de junio, se llevará a cabo en Washington la segunda ronda de negociaciones cruciales para la revisión del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC). Este encuentro se da en un contexto de alta volatilidad, marcado por las recientes declaraciones de Donald Trump, quien desde la Oficina Oval insinuó que no está buscando renovar el acuerdo comercial.

Marcelo Ebrard, titular de la Secretaría de Economía, encabezará la delegación mexicana. Lo acompañarán figuras clave como Altagracia Gómez, coordinadora del Consejo Asesor Empresarial, y Roberto Lazzeri, el recién nombrado embajador de México en Washington. El punto culminante de la visita será una reunión entre Ebrard y el principal negociador estadounidense, donde se espera que se aborden los puntos más álgidos de la agenda bilateral.

La primera ronda de negociaciones, celebrada a finales de mayo en la Ciudad de México, concluyó oficialmente con un saldo “positivo”. Sin embargo, trascendió un tema espinoso que no se reconoció públicamente pero que generó preocupación: la exigencia de Estados Unidos de que al menos el 50 por ciento del valor de cada vehículo fabricado en Norteamérica provenga directamente de territorio estadounidense. Esta propuesta fue rechazada por Ebrard, y hasta ahora, México no ha presentado una contrapropuesta numérica formal, lo que añade complejidad a la discusión.

Este punto sobre las reglas de origen automotrices se perfila como uno de los principales nudos a desatar en la capital estadounidense. La agenda se ha expandido para incluir dos temas nuevos y de gran relevancia: la agricultura y la garantía de condiciones de competencia equitativa para todas las partes. Estos elementos añaden capas de complejidad a un tratado ya de por sí intrincado.

El sector automotriz se encuentra en el epicentro de esta disputa. Una regla de contenido estadounidense tan ambiciosa, que exige un porcentaje tan elevado de componentes de origen estadounidense, podría desmantelar la lógica de integración que ha convertido a Norteamérica en una potencia manufacturera global. Las plantas instaladas en México, que forman parte integral de estas cadenas de valor, se verían directamente afectadas por una medida de esta naturaleza.

Las declaraciones de Donald Trump, quien afirmó que “no necesitamos nada de lo que tiene Canadá, no necesitamos nada de lo que tiene México” y que lo que más le agrada del tratado es su cláusula de terminación, deben ser analizadas con cautela. Si bien pueden interpretarse como una estrategia de negociación, también siembran incertidumbre en un entorno que requiere predictibilidad.

Los datos económicos, sin embargo, pintan un panorama distinto al que sugieren las bravuconadas de Trump. Tan solo entre enero y abril de este año, el intercambio comercial entre México y Estados Unidos superó los 317 mil millones de dólares. El comercio trilateral, en su conjunto, ronda los 1.6 billones de dólares anuales. Las cadenas de suministro en los sectores automotriz, agroalimentario y electrónico están tan profundamente entrelazadas que una ruptura del acuerdo dispararía los costos de producción y, consecuentemente, los precios para los consumidores en los tres países, con un impacto particularmente severo en Estados Unidos.

La lectura predominante entre los analistas es que las declaraciones de Trump constituyen una táctica de presión negociadora, más que una intención genuina de abandonar el acuerdo. El expresidente parece utilizar la amenaza de salida, amparada en la cláusula de terminación, como su principal herramienta para maximizar las concesiones que puede obtener de sus socios comerciales.

No obstante, esta estrategia de intimidación tiene un costo. Cada amago de Trump erosiona la certidumbre, un activo invaluable para cualquier tratado comercial. Las decisiones de inversión a largo plazo, esenciales para que México capitalice el fenómeno del nearshoring, dependen de un marco regulatorio predecible y estable, no de sobresaltos constantes derivados de las ocurrencias del mandatario estadounidense.

Es fundamental aclarar que lo que se está negociando no es una “renovación” del T-MEC en su totalidad. El tratado tiene vigencia hasta 2036. Lo que se discute ahora, o en el futuro, es la posibilidad de extender su duración hasta 2042 o mantener un esquema de revisiones anuales mientras esté vigente. La permanencia del T-MEC en el corto plazo no está en duda, a pesar de las afirmaciones de Trump.

La presidenta Claudia Sheinbaum respondió a las declaraciones de Trump con una jugada política astuta y un argumento económico sólido. Recordó que el T-MEC fue una iniciativa de Trump y uno de sus “mejores logros”. Además, subrayó la complementariedad de las economías de Norteamérica, argumentando que el crecimiento del empleo manufacturero en México no perjudica a Estados Unidos, sino que ambos crecen de manera conjunta al especializarse en distintas fases de las mismas cadenas de valor.

Sheinbaum también señaló que los aranceles ya han encarecido los vehículos en Estados Unidos, y que mantener el tratado podría contribuir a reducir precios en un contexto de alta inflación. Concluyó con optimismo: “Yo creo que el T-MEC se va a mantener”.

Existen tres claves para seguir de cerca esta semana. Primero, la presentación de una contrapropuesta numérica por parte de México en materia de reglas de origen indicará si la negociación avanza seriamente. Segundo, el tono de la reunión final entre Ebrard y su contraparte estadounidense será un barómetro crucial del estado real de la relación bilateral. Tercero, cualquier avance en el sector agrícola, donde los intereses de los productores estadounidenses coinciden con los de México al ser beneficiarios del libre comercio regional, podría ser un factor positivo.

El calendario es importante. El 1 de julio no representa una fecha límite insalvable. La tercera ronda de negociaciones está programada para el 20 de julio en la Ciudad de México, y será en ese encuentro donde se determine si se alcanza un acuerdo este año o si el proceso se encamina hacia revisiones anuales, con la consecuente incertidumbre crónica.

El escenario más probable sigue siendo la supervivencia del tratado, ya que beneficia a todas las partes, incluido Trump, quien lo promociona como un logro personal. Sin embargo, el camino hacia ese desenlace está plagado de negociaciones arduas y de un interlocutor cuya principal herramienta es la imprevisibilidad. Esta semana en Washington se sabrá si las amenazas de Trump son solo eso: meras amenazas.