Carlos Slim cerró la puerta al desarrollo del campo gasífero Lakach, calificándolo como un proyecto "irracional" que carece de viabilidad técnica y financiera. La decisión representa un golpe más para la estrategia energética del gobierno morenista, que había apostado por este yacimiento como pieza clave para incrementar la producción nacional de gas.
En conferencia de prensa, el empresario explicó que los estudios de viabilidad realizados por Grupo Carso revelaron condiciones operativas imposibles de justificar. "Está a 900 metros de profundidad, luego a 65 kilómetros de tierra... resulta irracional buscar gas a esa distancia y tener que transportarlo con una red de manejo a 900 metros", sentenció Slim, dejando claro que su conglomerado "no entró o casi no entró" al proyecto pese al trabajo previo de Pemex.
Lakach acumula ya más de una década de intentos fallidos y miles de millones de dólares desperdiciados. Pemex ha invertido más de 1,000 millones de dólares en materiales e infraestructura que nunca entraron en operación. Durante el sexenio de López Obrador, el gobierno intentó reactivar el campo mediante una alianza con New Fortress Energy por 1,500 millones de dólares, pero el acuerdo fue cancelado en noviembre de 2023 sin explicación satisfactoria.
Posteriormente, en 2024, el régimen morenista incorporó a Grupo Carso mediante un contrato de servicios con inversión estimada en 1,200 millones de dólares y promesas de arrancar producción en dos años y medio. Esas expectativas quedaron en papel mojado. La salida de Slim confirma lo que muchos especialistas advertían: el proyecto carece de fundamento técnico sólido.
El yacimiento, ubicado en aguas ultraprofundas del Golfo de México, cuenta con reservas estimadas en 850,000 millones de pies cúbicos de gas natural. Sin embargo, su complejidad operativa lo ha convertido en un elefante blanco que consume recursos sin generar resultados. La infraestructura requerida para su explotación representa uno de los mayores desafíos técnicos en la historia petrolera mexicana.
Con la salida de Carso, Lakach vuelve a quedar en el limbo, sumando otro fracaso a la gestión energética del oficialismo. El proyecto que debía ser bandera de la soberanía energética morenista se convierte en símbolo de improvisación y desperdicio de recursos públicos.
La decisión de uno de los empresarios más importantes de México de retirarse del proyecto envía una señal inequívoca al mercado: ni siquiera con el respaldo del capital privado más experimentado, los planes energéticos del régimen resultan viables. Lakach permanece como testimonio de las promesas incumplidas de la Cuarta Transformación en materia de autosuficiencia energética.