La presidenta Claudia Sheinbaum ha desatado una tormenta de críticas tras su ausencia en el partido inaugural del Mundial 2026, celebrado en el emblemático Estadio Azteca. En lugar de representar a la nación en uno de los eventos deportivos más importantes del planeta, Sheinbaum optó por un evento masivo y gratuito en la alcaldía Gustavo A. Madero, argumentando una supuesta cercanía con el pueblo y un rechazo a la élite.
La justificación de la mandataria, encapsulada en la frase "Nosotros no necesitamos codearnos arriba", ha sido interpretada por muchos como un intento burdo de capitalizar el sentimiento popular, mientras se evade una responsabilidad institucional de alto perfil. La FIFA y los organismos internacionales esperaban la presencia de los más altos representantes del gobierno anfitrión, y la ausencia de Sheinbaum ha sido vista como una falta de respeto y un desaire al evento y a los millones de aficionados.
Durante un evento en Colima, Sheinbaum intentó defender su postura, cuestionando el elevado costo de los boletos para el partido inaugural. "¿Saben cuánto costaba un boleto en el Estadio Azteca? Ciento veinte mil pesos. ¿Quién puede pagar eso?", exclamó, señalando que el acceso a la fiesta del futbol era inaccesible para la mayoría de los mexicanos. Esta declaración, si bien toca una fibra sensible sobre la desigualdad económica, suena hueca cuando proviene de una figura que debería estar promoviendo la unidad nacional en un evento de esta magnitud.
La mandataria también reveló que recibió el boleto número 001 para el encuentro, pero decidió entregarlo a una joven veracruzana que ganó un concurso de dominadas organizado por el Gobierno Federal. "¿Qué mejor representación del pueblo de México? Que una joven que le gusta el futbol. Nosotros no necesitamos codearnos arriba; lo que necesitamos es estar siempre con el pueblo, cerca del pueblo", afirmó, contrastando su administración con "los anteriores gobiernos y los gobiernos de la Cuarta Transformación".
Sin embargo, esta narrativa de cercanía popular choca frontalmente con la realidad de un evento que, si bien tiene costos elevados, representa una oportunidad única para la proyección internacional de México y para la cohesión social a través del deporte. La decisión de Sheinbaum de priorizar un evento local sobre la inauguración de un Mundial organizado conjuntamente por México, Estados Unidos y Canadá, envía un mensaje contradictorio sobre la importancia que su gobierno otorga a la proyección global y a la unidad nacional.
En lugar de la ceremonia oficial, Sheinbaum asistió al Festival Futbolero en el Deportivo Hermanos Galeana, acompañada por la jefa de Gobierno de la Ciudad de México, Clara Brugada. Desde allí, celebró el triunfo de la Selección Mexicana por 2-0 sobre Sudáfrica, calificando la experiencia de compartir el evento con aficionados de manera gratuita como "una alegría enorme".
La estrategia de Sheinbaum parece ser la de un cálculo político: presentarse como la líder que está del lado del "pueblo" contra las élites y los eventos costosos, mientras se distancia de las formalidades que podrían ser percibidas como elitistas. No obstante, esta táctica ignora el poder unificador y la importancia simbólica de un Mundial, especialmente para un país con la pasión por el futbol que caracteriza a México.
La FIFA y los organizadores del torneo esperaban un respaldo visible y entusiasta de las más altas esferas del gobierno mexicano. La ausencia de la presidenta en un momento tan crucial no solo es una omisión protocolaria, sino que podría interpretarse como una falta de compromiso con un proyecto que, aunque compartido con otras naciones, es un motivo de orgullo nacional.
El Mundial 2026 representa una oportunidad histórica para México, no solo en términos deportivos, sino también económicos y de imagen internacional. La decisión de Sheinbaum de marginarse de la inauguración, bajo el pretexto de "no codearse arriba", podría tener repercusiones negativas en la percepción de México como anfitrión y en la imagen de su administración como un gobierno que prioriza la política de bajo nivel sobre la proyección nacional.
La narrativa de "estar cerca del pueblo" es un cliché recurrente en la política mexicana, pero su aplicación en este contexto parece forzada y contraproducente. Un evento como el Mundial trasciende las divisiones sociales y económicas; es una plataforma para celebrar la identidad nacional y la capacidad de organización del país.
La mandataria debería haber encontrado un equilibrio entre su deseo de cercanía popular y su deber institucional. La inauguración de un Mundial es un evento que, por su naturaleza, une a la nación y proyecta una imagen de unidad y capacidad al mundo. Evitarlo bajo argumentos simplistas es un error que podría costarle caro en términos de imagen pública y credibilidad internacional.
El Mundial 2026 es una fiesta que México comparte con Estados Unidos y Canadá, y la participación activa y visible de sus líderes es fundamental para el éxito del evento y para la proyección de la imagen del país. La decisión de Sheinbaum de no asistir a la inauguración, y su posterior justificación, dejan un sabor amargo y plantean serias dudas sobre su visión de liderazgo y su compromiso con los grandes eventos nacionales.
La estrategia de Sheinbaum de diferenciarse de las élites y presentarse como una líder cercana al pueblo es comprensible en el contexto político actual. Sin embargo, la inauguración de un Mundial no es un evento elitista, sino una celebración nacional que requiere la presencia de sus máximos representantes para proyectar unidad y orgullo. Su ausencia, y las razones esgrimidas, parecen más un cálculo político que una convicción genuina, y dejan a México en una posición incómoda ante el mundo.