La industria de la moda rápida atraviesa una transformación profunda. El sistema que durante años hizo posible comprar ropa a precios accesibles comienza a resquebrajarse por múltiples frentes: el encarecimiento del petróleo, disrupciones logísticas globales, tensiones comerciales y el alza en materias primas textiles.
El poliéster, fibra sintética que representa entre 55% y 57% del consumo mundial de textiles, depende directamente de derivados petroquímicos. El conflicto en Medio Oriente y el cierre parcial del Estrecho de Ormuz —por donde transita 20% del petróleo mundial— dispararon los costos energéticos y logísticos. En India, el precio de la fibra de poliéster saltó de 100 a 126.5 rupias por kilogramo en un mes. En China, el hilo texturizado de poliéster subió 12.7% durante el primer trimestre del año.
Las cadenas globales de suministro registraron en abril su mayor nivel de estrés desde 2022, según Oxford Economics. Las tarifas de carga aérea y marítima aumentaron considerablemente, mientras el combustible para barcos se duplicó. Business and Human Rights calificó la situación como el shock más severo para la industria textil desde la pandemia, con una caída de 97% en el tránsito marítimo por rutas críticas.
Las grandes marcas ya resienten el impacto. H&M reportó una caída anual de 10% en ventas durante su primer trimestre fiscal de 2026, con una utilidad operativa de apenas 3%. Nike vio reducido su margen bruto en 130 puntos base por aranceles y costos logísticos, mientras su utilidad neta cayó 35%. Inditex, matriz de Zara, anunció inversiones por 2,300 millones de euros para reforzar su infraestructura logística y absorber presiones.
México endureció simultáneamente su política comercial. Desde enero de 2026, los aranceles a productos asiáticos sin tratado comercial subieron drásticamente: textiles pasaron de 10% a entre 25% y 35%, prendas de vestir alcanzaron entre 35% y 45%, y calzado llegó a 35%. El efecto fue inmediato: las importaciones mexicanas de calzado desde China cayeron 62% en el primer bimestre, mientras las de textiles retrocedieron 26%.
La estrategia de las empresas textiles evoluciona hacia la resiliencia más que hacia la eficiencia extrema. Consultoras del sector estiman que los cuellos de botella podrían elevar entre 10% y 15% los costos globales de producción textil. Las compañías apuestan por automatización, diversificación de proveedores y análisis predictivo para mitigar el impacto, aunque el consumidor mexicano —cada vez más sensible al precio— podría eventualmente enfrentar ajustes en los precios de las prendas que adquiere.