La resistencia civil en Myanmar se fortalece día a día, desafiando la férrea mano del ejército que tomó el poder mediante un golpe de Estado la semana pasada. A pesar de los esfuerzos militares por sofocar la disidencia mediante detenciones selectivas y el bloqueo de plataformas clave como Facebook, la población ha encontrado formas de organizarse y expresar su rechazo a la junta militar.
Las protestas, que comenzaron de manera tímida, han escalado en intensidad y alcance. Personal de salud, maestros y ciudadanos comunes se han sumado a la ola de descontento, utilizando símbolos de resistencia y convocando a la desobediencia civil. La capital, Naipyidó, y la ciudad más grande, Yangón, se han convertido en focos de manifestación, a pesar de los estrictos controles impuestos por las fuerzas armadas.
Uno de los actos más significativos ha sido la detención de Win Htein, un prominente miembro de la Liga Nacional para la Democracia (LND), el partido de la depuesta líder Aung San Suu Kyi. Htein, un confidente de Suu Kyi, fue arrestado bajo cargos de sedición, un delito que podría acarrearle cadena perpetua. Su detención subraya la determinación del ejército de silenciar a las voces opositoras y desmantelar la estructura política democrática.
La desobediencia civil ha tomado diversas formas. Cerca de 200 maestros se manifestaron en Yangón, portando carteles que exigían el fin del gobierno militar y adoptando el saludo de tres dedos, un gesto de resistencia popularizado en las protestas antigubernamentales de la vecina Tailandia. "No aceptamos un gobierno formado por ellos mismos luego de tomar ilegalmente y con armas el poder del gobierno elegido por la población", declaró un profesor, reflejando el sentir de muchos.
El personal de salud también se ha puesto al frente de la resistencia. En un hospital universitario, un grupo de trabajadores sanitarios se manifestó con pancartas que clamaban "Protejan la democracia" y "Rechazo al golpe militar". Estos profesionales, que han estado en la primera línea de la campaña de desobediencia civil, arriesgan sus empleos y su seguridad al desafiar a la junta.
Las noches en Yangón se han llenado de un sonido particular: el de cacerolas y sartenes golpeadas por los ciudadanos indignados. Durante tres noches consecutivas, los residentes han participado en "cacerolazos" para expresar su descontento. Aunque no confirmados oficialmente, circulan reportes en redes sociales sobre detenciones de participantes en estas protestas nocturnas, lo que evidencia la creciente represión.
La resistencia no se limita a Yangón. En la capital, Naipyidó, personal médico de un hospital importante también se manifestó, condenando la sublevación militar. En la región de Tanintharyi, en el sur del país, unas 50 personas marcharon y corearon consignas contra el régimen militar, demostrando que el descontento es generalizado.
Según la Asociación de Asistencia a Presos Políticos, al menos 133 funcionarios y legisladores, además de 14 activistas de la sociedad civil, han sido detenidos desde el golpe. La LND ha informado que Aung San Suu Kyi y el presidente depuesto, Win Myint, se encuentran bajo arresto domiciliario, con cargos que les permiten ser retenidos hasta mediados de mes.
En un intento por mostrar apoyo popular, se han organizado mítines a favor del golpe de Estado. Miles de personas participaron en uno de estos eventos el jueves en la capital, una estrategia que busca proyectar una imagen de legitimidad y aceptación del nuevo régimen, a pesar de la creciente oposición.
La comunidad internacional ha reaccionado con preocupación. El presidente de Estados Unidos, Joe Biden, ha condenado la toma del poder por los militares y ha exigido el restablecimiento del gobierno electo. "El ejército de Birmania debe renunciar al poder que ha tomado, liberar a los activistas y funcionarios que han detenido, levantar las restricciones a las telecomunicaciones y abstenerse de la violencia", declaró Biden, utilizando el antiguo nombre del país.
El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas emitió un comunicado unánime destacando "la importancia de defender las instituciones y procesos democráticos, evitar la violencia y respetar plenamente los derechos humanos, las libertades fundamentales y el Estado de Derecho". Sin embargo, el comunicado evitó calificar explícitamente las acciones militares como un golpe de Estado, una postura que ha sido criticada por algunos países.
El ejército justificó su accionar alegando irregularidades en las elecciones de noviembre, en las que la LND obtuvo una victoria aplastante. La comisión electoral, sin embargo, había rechazado previamente estas quejas. La junta militar ha declarado un estado de emergencia de un año y ha prometido la celebración de nuevas elecciones al finalizar este periodo, aunque la legitimidad de este proceso es cuestionada por la oposición y la comunidad internacional.
Myanmar, anteriormente conocido como Birmania, vivió bajo un régimen militar durante cinco décadas tras un golpe en 1962. Los cinco años de gobierno de Aung San Suu Kyi representaron el periodo más democrático del país en décadas, a pesar de la persistencia de leyes represivas heredadas de la era colonial.
La situación en Myanmar sigue siendo tensa, con una población decidida a resistir y un ejército que busca consolidar su poder. El futuro del país dependerá de la capacidad de la resistencia civil para mantener la presión y de la respuesta de la comunidad internacional ante la crisis democrática.