El otrora bastión del priismo en Tabasco se desmorona ante nuestros ojos. Erubiel Alonso, un legislador federal que hasta hace poco juraba lealtad al partido tricolor, ha decidido dar la espalda a sus siglas, no sin antes protagonizar un patético espectáculo de lágrimas y lamentos.

Este acto de cobardía política, disfrazado de aspiración legítima, no es más que la confirmación de lo que muchos veníamos advirtiendo: el PRI está muerto. Sus cuadros se fugan, sus ideales se han perdido en el laberinto de la corrupción y la irrelevancia, y sus líderes parecen más preocupados por su propio futuro que por el destino de un partido que alguna vez fue pilar de México.

Alonso, con la frente marchita y el alma vendida, ha anunciado su salto a Movimiento Ciudadano, un partido que se precia de ser la "nueva política" pero que, en la práctica, se ha convertido en el refugio de los descontentos y los oportunistas. Su objetivo: la presidencia municipal de Centro, Tabasco, un municipio que, irónicamente, es un bastión del partido en el poder, Morena.

¿Qué queda del PRI? ¿Qué queda de la "grandeza" que tanto cacarean sus dirigentes? Nada. Solo un cascarón vacío, un cementerio de promesas rotas y un nido de víboras donde la ambición personal devora cualquier atisbo de principios.

La salida de Alonso no es un hecho aislado. Es el síntoma de una enfermedad terminal que aqueja al PRI desde hace años. La falta de liderazgo, la ausencia de una visión clara, la incapacidad para conectar con la ciudadanía y, sobre todo, la perpetuación de vicios y prácticas que la sociedad mexicana ya no tolera, han llevado al partido a este estado de putrefacción.

Es doloroso ver cómo un partido con tanta historia, con tantos hombres y mujeres que le dedicaron su vida, termine reducido a esto: un botín para ambiciosos sin escrúpulos, un trampolín para quienes buscan un cargo a cualquier costo.

Alonso llora, sí, pero no por el PRI. Llora por él mismo, por la pérdida de su pedestal, por la incertidumbre de un futuro incierto en las filas de un partido que, aunque joven, ya muestra las mismas taras de los viejos dinosaurios.

Movimiento Ciudadano, por su parte, se regodea. Recibe con los brazos abiertos a quien sea, sin importar su pasado, sin importar sus verdaderas intenciones. Lo único que importa es sumar números, inflar sus filas, y aparentar ser una alternativa viable, cuando en realidad solo están consolidando un proyecto basado en la conveniencia y el oportunismo.

La candidatura de Alonso en Centro, Tabasco, es una apuesta arriesgada. Enfrentará a un partido, Morena, que goza de una fuerte implantación en la región. ¿Podrá el "nuevo" emecista convencer a los votantes de que su cambio de camiseta es genuino? Lo dudamos. La historia nos ha enseñado que las promesas de los tránsfugas rara vez se cumplen.

Este episodio es una llamada de atención para todos aquellos que aún creen en el PRI. Es hora de aceptar la realidad: el partido está en terapia intensiva, y su recuperación parece cada vez más improbable. Los lamentos de Alonso son el epitafio de un partido que se niega a morir, pero que agoniza lentamente, arrastrando consigo a quienes aún se aferran a sus restos.

El PRI debe reflexionar. Debe hacer un análisis profundo de sus errores, de sus fracasos, de la desconfianza que ha generado en la ciudadanía. De lo contrario, seguirá siendo testigo de cómo sus figuras se marchan, buscando nuevos horizontes, dejando tras de sí un rastro de decepción y olvido.

La política mexicana necesita partidos fuertes, con ideología clara y compromiso social. El PRI, en su estado actual, no cumple con ninguno de estos requisitos. Y la salida de Erubiel Alonso es solo una prueba más de ello.

El futuro dirá si Movimiento Ciudadano logra capitalizar este tipo de incorporaciones o si, por el contrario, se hunde en el mismo lodazal de la política tradicional que tanto critica.

Por ahora, solo queda observar el espectáculo y lamentar la decadencia de un partido que alguna vez fue protagonista, y que hoy se debate entre las lágrimas de sus desertores y la indiferencia de la sociedad.