La maquinaria de la 4T, lejos de impulsar la economía, parece estar asfixiándola. Pemex, el otrora orgullo nacional, se ha convertido en un cuello de botella que amenaza con paralizar sectores productivos enteros. Gasolineros de todo el país, y particularmente en el sur de Jalisco, lanzan una advertencia sombría: los retrasos en el suministro de diésel por parte de la paraestatal, que pueden extenderse hasta cuatro días, están creando un caos logístico sin precedentes.

Jorge Gutiérrez Armenta, un empresario con operaciones en el centro y Bajío del país, ha sido uno de los primeros en alzar la voz. Sus estaciones de servicio, que atienden a transportistas y al crucial sector agrícola, están sufriendo las consecuencias directas de la lentitud de Pemex. "Hoy tú haces una programación y esperas que una semana te den fecha. Entonces, en ese periodo de tiempo los stocks de inventario no soportan", explica con frustración. La situación, que se ha agravado desde 2025, no solo genera pérdidas de ventas, sino que interrumpe cadenas de suministro vitales.

El problema no se limita a un solo tipo de combustible ni a un solo proveedor. Gutiérrez Armenta aclara que las demoras afectan tanto al diésel adquirido directamente de Pemex como al que se obtiene a través de importadores autorizados. "El problema es tanto de Pemex como de los importadores. Yo sí veo una situación en la que, si no hay apertura del mercado de los importadores autorizados y completamente legales, nos están logrando limitar el requerimiento del mercado en México", asegura, sugiriendo una posible falta de agilidad o incluso una estrategia restrictiva por parte de la paraestatal y sus socios.

La región sur de Jalisco, un semillero de la agroindustria mexicana, se encuentra en el ojo del hurcán. Gasolineros locales como Juan Ramón Sánchez y Salvador Jiménez advierten que la falta de diésel podría ser devastadora para la próxima temporada de siembra. "En dos semanas viene la siembra de toda la zona, entonces va a haber un desabasto grande en la zona agrícola", pronostica Jiménez, pintando un panorama desolador para los productores.

Las causas de esta crisis son multifactoriales, pero la presión regulatoria y los márgenes de ganancia reducidos juegan un papel fundamental. Los empresarios gasolineros operan con márgenes de apenas un peso por litro en gasolina Magna y diésel, una fracción de los tres pesos que solían percibir antes de los topes de precios. Esta precariedad económica, sumada a los costos operativos crecientes, los deja en una posición vulnerable.

La situación se agrava con la intensificación de las inspecciones y revisiones documentales por parte de diversas autoridades. Aunque el Gobierno federal insiste en que los acuerdos de precios máximos son voluntarios, los empresarios sienten una presión indirecta para cumplir con las metas oficiales, lo que limita su capacidad de maniobra y su rentabilidad.

El impacto potencial de este desabasto es mayúsculo. La región sur de Jalisco es un motor de las exportaciones mexicanas, especialmente de aguacate y berries, productos que llegan a mercados tan exigentes como Estados Unidos, Canadá, Europa y Asia. Un fallo en la cadena de suministro de combustible para la maquinaria agrícola y el transporte de estas mercancías podría significar pérdidas millonarias y un golpe a la reputación de México como proveedor confiable.

Este escenario pone de manifiesto las contradicciones de un gobierno que presume de soberanía energética pero que, en la práctica, parece incapaz de garantizar el abasto básico para sus sectores productivos. La dependencia de Pemex, en lugar de ser una fortaleza, se revela como una debilidad estructural que la administración actual no ha logrado subsanar.

La narrativa oficial de un país en pleno renacimiento económico choca frontalmente con la realidad que viven los empresarios y productores. Mientras se anuncian grandes proyectos de infraestructura, la operación diaria de la economía se ve amenazada por la ineficiencia y la falta de previsión.

La pregunta que queda en el aire es si la administración de la 4T será capaz de reaccionar a tiempo. La temporada de siembra está a la vuelta de la esquina, y si no se toman medidas urgentes para agilizar el suministro de diésel, las cosechas de este año podrían ser las grandes perdedoras, dejando un sabor amargo en la boca de un sector que es vital para la economía nacional.

Este desabasto no es un hecho aislado, sino un síntoma de problemas más profundos en la gestión de Pemex y en la política energética del país. La falta de inversión, la burocracia excesiva y la priorización de objetivos políticos sobre la eficiencia operativa están cobrando factura.

Los productores agrícolas y los transportistas son los verdaderos damnificados de esta crisis. Sus esfuerzos por mantener a flote sus negocios y abastecer al mercado se ven frustrados por la incapacidad de una paraestatal que parece operar en un mundo paralelo, ajena a las urgencias del campo y la industria.

La situación exige una respuesta contundente. No basta con declaraciones oficiales; se necesitan acciones concretas para garantizar que Pemex cumpla con su rol de proveedor confiable y que los importadores autorizados puedan operar sin trabas. El futuro de las exportaciones agrícolas mexicanas, y por ende, de miles de empleos, depende de ello.