EL POZO DE JUCHITÁN: UNA TRAMA DE NARCOPOLÍTICA
La aparente calma que se respira en Juchitán, Oaxaca, tras la detención del alcalde Miguel Sánchez Altamirano, es solo una cortina de humo. Las autoridades pintan un escenario de reorganización política y de seguridad, pero la realidad es mucho más sombría: la seguridad no regresará, y la violencia, aunque pausada, es un síntoma de una profunda putrefacción que ha permeado el tejido social, político y criminal del estado.
Sánchez Altamirano, acusado de ser parte de Los Cromos, el brazo armado del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) en la región, era apenas una pieza menor en un entramado criminal mucho más complejo. Su verdadero protector y jefe de estructura era Emilio Montero, una figura clave cuya influencia, según funcionarios federales, es directamente responsable de la violencia que ha roto el delicado equilibrio político-criminal en Oaxaca. La detención de Altamirano, lejos de ser el fin de la historia, es solo el principio de la revelación de una red de complicidades que involucra a figuras de Morena y hasta a un secretario de Estado, quienes habrían intervenido para congelar una orden de aprehensión contra Montero.
LA CAÍDA DE UN ALCALDE, EL ASCENSO DE UN CÁRTEL
La caída de Sánchez Altamirano, quien heredó la alcaldía de Juchitán de Montero, se precipitó tras el asesinato del periodista Alejandro Leyva a finales de julio. Leyva, desde su columna "El Zumbido del Moscardón", había sido un crítico incisivo del gobierno de Salomón Jara, denunciando la creciente intervención del CJNG en los asuntos estatales. Su muerte, y la posterior detención de cuatro miembros del ASAEO (Alianza de Sindicatos y Asociaciones del Estado de Oaxaca) como presuntos responsables, puso a las autoridades federales en alerta máxima, desenterrando una problemática que se había ido deteriorando silenciosamente.
El CJNG, que hasta hace poco no figuraba prominentemente en Oaxaca, ha encontrado un terreno fértil para expandir sus operaciones, desplazando al Cártel de Sinaloa. La construcción del Tren Transístmico ha sido un catalizador clave, abriendo rutas y oportunidades para el cártel de las cuatro letras. La pugna por el control territorial se ha intensificado, y en medio de esta lucha, figuras políticas y criminales se entrelazan de manera alarmante.
LA DOBLE JUGADA DEL GOBERNADOR Y LA DISPUTA TERRITORIAL
Emilio Montero, tras la captura de su subordinado, renunció a la dirección del Instituto de Educación de Oaxaca. Desde esta posición, había orquestado una estrategia para debilitar al Cártel de Sinaloa, allanando el camino para el CJNG. Su alianza con el CJNG se remonta a viajes a Tlaquepaque, donde negoció apoyo con jefes criminales, resultando en la creación de Los Cromos, un grupo armado que sirvió a Montero en su disputa territorial y política.
La situación se complica con la aparente doble jugada del gobernador Salomón Jara. Por un lado, se investiga la vinculación de su hermano, Noé Jara, coordinador de la Secretaría de Gobierno del ayuntamiento de Oaxaca capital, con grupos criminales y su presunta influencia en la Alianza de Sindicatos y Asociaciones del Estado de Oaxaca (ASAEO), que ha desplazado a otros sindicatos en la región.
Por otro lado, la disputa por el control político-criminal en Juchitán y Tehuantepec se libra entre Emilio Montero y el senador Antonino Morales. Morales, señalado por las autoridades como controlador de la ruta de migrantes y con vínculos en el huachicol, es el delfín del gobernador para sucederlo en 2028. Esta rivalidad entre dos figuras zapotecas, paradójicamente, se desarrolla en un contexto de creciente violencia y control criminal.
EL SEGUNDO ASESINATO QUE REMUEVE LAS AGUAS
Otro evento crucial que ha puesto bajo la lupa la situación en Oaxaca fue el asesinato, hace dos meses en Tehuantepec, de una decena de miembros de una organización criminal liderada por José Arturo López Betanzos, alias "El Comandante Viento". Este grupo, que se había mantenido autónomo en el Istmo, fue diezmado por sicarios del CJNG. Tras este ataque, se gestó una alianza entre "El Comandante Viento" y Ricardo Estévez Colmenares, "El Bogar", un líder criminal de la costa ligado al Cártel de Sinaloa, ambos representantes de la vieja guardia del crimen organizado en el sur del país.
Las investigaciones posteriores a estos dos asesinatos clave han tejido una red de vínculos que, según funcionarios federales, conducen directamente al corazón del gobierno de Salomón Jara. Las conexiones no solo se limitan a su hermano, sino que se extienden a figuras como Emilio Montero y Jesús Romero, secretario de Gobierno del estado, así como a Karina Barón, responsable de las Mesas de Coordinación para la Paz y la Seguridad. Se vislumbra un esfuerzo por imponer un relevo generacional y de organizaciones criminales en la entidad, bajo la sombra del CJNG.
LA IMPUNIDAD Y EL FUTURO SOMBRÍO DE OAXACA
La descomposición social y política de Oaxaca, que el periodista Alejandro Leyva retrató con valentía, parece haber encontrado un eco en la impunidad. Leyva, antes de ser asesinado, había denunciado ante la Fiscalía General de la República que responsabilizaba al gobernador, al secretario de Gobierno y a otros funcionarios si algo le sucedía. Su denuncia, y su trágica muerte, son un testimonio del peligro que enfrentan quienes se atreven a exponer la verdad en un estado donde el crimen organizado y la política parecen ser dos caras de la misma moneda.
La situación en Oaxaca es un claro ejemplo de cómo la narrativa oficial de "reorganización" y "seguridad" puede ocultar una realidad mucho más cruda: la infiltración profunda del crimen organizado en las estructuras de poder, la ruptura de pactos criminales y la violencia desatada como consecuencia. El futuro de Oaxaca pende de un hilo, y la lucha por el control territorial y político apenas parece haber comenzado, con el CJNG consolidando su presencia y las autoridades luchando por contener una marea que amenaza con ahogar al estado.
EL ROL DE MORENA Y LA INSEGURIDAD
Este entramado de corrupción y violencia pone en entredicho la narrativa de seguridad del gobierno federal y la gestión de Morena. La incapacidad o falta de voluntad para desmantelar estas redes criminales, y la aparente protección a figuras vinculadas con el crimen organizado, erosionan la confianza ciudadana y exponen las fallas estructurales del partido en el poder. La violencia en Oaxaca no es un hecho aislado, sino un síntoma de un problema mayor que afecta a diversas regiones del país, donde la línea entre la política y el crimen se difumina peligrosamente.
La estrategia de seguridad del gobierno actual, que ha priorizado la contención y la atención a las causas profundas, parece haber sido superada por la audacia y la capacidad de penetración de los cárteles. La reorganización política y de seguridad en Juchitán, lejos de ser una solución, se presenta como un intento desesperado por maquillar una realidad que clama por acciones contundentes y una depuración profunda de las estructuras de poder.
¿QUÉ SIGUE PARA OAXACA?
El camino a seguir para Oaxaca es incierto. La captura de Sánchez Altamirano y la investigación en curso son pasos necesarios, pero insuficientes. Se requiere una intervención decidida de las autoridades federales para desmantelar por completo las redes criminales y la corrupción política que las cobijan. La justicia para las víctimas, como el periodista Alejandro Leyva, debe ser una prioridad, y los responsables, sin importar su nivel de influencia, deben ser llevados ante la ley.
La sociedad oaxaqueña, que ha sufrido las consecuencias de esta violencia y corrupción, tiene el derecho de exigir un gobierno transparente y seguro. La lucha contra el crimen organizado y la impunidad es un desafío mayúsculo, pero es la única vía para restaurar la paz y la gobernabilidad en un estado que merece un futuro libre de las sombras del narcotráfico y la complicidad política.