La reciente subasta de bienes asegurados por la Fiscalía General de la República (FGR) y administrados por el Instituto para Devolver al Pueblo lo Robado (Indep) ha resultado ser un rotundo fracaso. De las 75 propiedades puestas a disposición, solo cuatro lograron encontrar comprador, dejando al descubierto un desinterés mayúsculo por parte de los potenciales postores y sembrando serias dudas sobre la efectividad de estas estrategias para recuperar recursos del crimen organizado.
El evento, que prometía ser una muestra de la lucha del gobierno contra el narcotráfico y la delincuencia organizada, terminó por ser un espejo de la realidad: la opacidad y la falta de atractivo de los bienes ofrecidos. Entre los inmuebles que quedaron sin vender se encontraba un predio ubicado en el mismo fraccionamiento donde, en su momento, se logró la captura de Nemesio Oseguera Cervantes, alias "El Mencho", líder del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG). Este detalle, lejos de ser un atractivo, parece haber ahuyentado a los compradores, generando un ambiente de sospecha y desconfianza.
La estrategia de "recuperar lo robado" y "devolver al pueblo" los bienes del crimen organizado, impulsada por la administración actual, parece tambalearse ante este resultado. La poca afluencia de postores y la mínima cantidad de ventas sugieren que los mecanismos implementados no son suficientes, o peor aún, que existe una desconexión entre la narrativa oficial y la percepción del mercado.
¿Por qué nadie quiso comprar estas propiedades? Las razones son múltiples y complejas. Por un lado, la naturaleza de los bienes, vinculados directamente con actividades ilícitas, puede generar un estigma que disuada a inversionistas legítimos. El temor a posibles implicaciones legales, a la procedencia dudosa de los activos o a la simple asociación con el mundo del narcotráfico, son factores que pesan considerablemente.
Además, la falta de transparencia en los procesos de subasta, la calidad de la información proporcionada sobre los inmuebles y las condiciones en las que se entregan, son aspectos cruciales que el Indep parece no haber abordado de manera efectiva. Si los potenciales compradores no tienen la certeza de lo que están adquiriendo, o si perciben riesgos ocultos, es natural que opten por mantenerse al margen.
El caso específico del predio relacionado con "El Mencho" es particularmente revelador. Que un inmueble con tal historial no genere interés subraya la magnitud del problema. No se trata solo de poner a la venta propiedades, sino de hacerlo de una manera que genere confianza y atractivo, algo que evidentemente no se logró en esta ocasión.
Las implicaciones de este fracaso son significativas. En primer lugar, representa una pérdida de oportunidad para el Estado de allegarse de recursos que podrían ser destinados a programas sociales o a fortalecer las instituciones de seguridad. La venta de estos bienes, en teoría, debería contribuir a financiar la lucha contra la delincuencia que los generó, pero con estos resultados, el ciclo se rompe.
En segundo lugar, pone en entredicho la efectividad de las políticas públicas implementadas para combatir el crimen organizado desde una perspectiva patrimonial. Si los bienes asegurados no pueden ser liquidados de manera eficiente, el mensaje que se envía es desalentador: el Estado no logra capitalizar sus éxitos en la incautación de activos.
La oposición política no ha tardado en señalar este descalabro. Voces críticas argumentan que este tipo de eventos demuestran la ineficiencia y la falta de estrategia del gobierno en la lucha contra el crimen. Se cuestiona si realmente se está atacando el corazón financiero de los grupos delictivos o si, por el contrario, se están generando más problemas que soluciones.
Expertos en seguridad y finanzas han sugerido que para revertir esta tendencia, el Indep y la FGR deberían considerar estrategias más innovadoras. Esto podría incluir la mejora en la difusión de las subastas, la presentación de información más detallada y verificable sobre los inmuebles, e incluso la posibilidad de ofrecer incentivos fiscales a los compradores legítimos.
Asimismo, se plantea la necesidad de una mayor colaboración con el sector privado para evaluar el valor real y el potencial de mercado de estos bienes, asegurando que las tasaciones sean realistas y que las condiciones de venta sean competitivas. La clave podría estar en desvincular emocionalmente los inmuebles de su origen delictivo y presentarlos como oportunidades de inversión sólidas.
El fracaso de esta subasta no es un hecho aislado, sino que se suma a una serie de cuestionamientos sobre la gestión de los bienes asegurados al crimen organizado en México. La opacidad, la burocracia y la falta de resultados tangibles son críticas recurrentes que el gobierno debe atender si desea que estas iniciativas tengan un impacto real y positivo.
La pregunta que queda en el aire es si esta experiencia servirá como un llamado de atención para replantear las estrategias del Indep y la FGR, o si se continuará por un camino que, hasta ahora, ha demostrado ser poco fructífero. La seguridad del país y la recuperación de recursos para el erario público dependen de encontrar respuestas efectivas a estos desafíos.
En definitiva, la subasta de propiedades del narco se ha convertido en un triste reflejo de los obstáculos que enfrenta el Estado mexicano para capitalizar sus esfuerzos contra la delincuencia organizada. La falta de compradores no solo representa un revés económico, sino también una señal de alerta sobre la percepción de riesgo y la efectividad de las políticas implementadas.