Las calles de la Ciudad de México ya se visten de verde, las banderas ondean tímidas y el eco de futuros gritos de gol resuena en el aire. México se prepara para la antesala de una Copa del Mundo, un ritual colectivo que mezcla ilusión y una dosis de temor. El próximo 11 de junio, la nación azteca será el escenario del partido inaugural de la edición más grande de la historia del torneo: 48 selecciones, 104 encuentros y tres países anfitriones, con una duración extendida hasta el 19 de julio.
Este hito marca la tercera vez que México ostenta la sede, un logro sin precedentes que lo consagra como el primer país en albergar el torneo en tres ocasiones. Sin embargo, la magnitud de la celebración contrasta con la distribución de los partidos: México solo será anfitrión de 13 de los 104 encuentros, mientras que Estados Unidos concentrará la abrumadora mayoría con 78. Esta asimetría, aunque inédita, plantea un escenario desigual en cuanto a los beneficios y la experiencia.
El impacto del Mundial se sentirá en múltiples esferas: desde el bolsillo de los ciudadanos hasta el ánimo colectivo, pasando por la conversación pública y la rutina diaria. La experiencia será marcadamente distinta a ambos lados de la frontera.
En el terreno económico, las proyecciones varían drásticamente. Moody's Analytics estima una contribución mínima al PIB mexicano de 0.13%, mientras que Deloitte la ubica en 0.14%, con una derrama de 2,730 millones de dólares y la creación de unos 100 mil empleos temporales. Otras estimaciones, como la de BBVA (0.30%) y Banorte (hasta 0.62%), o la más optimista de la CONCANACO (200 mil millones de pesos), reflejan la incertidumbre inherente al evento.
Lo más probable es que el efecto macroeconómico sea moderado, oscilando entre dos y seis décimas del PIB en un año donde el crecimiento ya se prevé modesto, poco más del 1%. La mayor parte de este impulso se concentrará en tres entidades clave: Ciudad de México, Jalisco y Nuevo León. Hoteles, restaurantes, taxis y comercios en estas zonas experimentarán un pico temporal, mientras que el resto del país apenas notará la diferencia.
El contraste con Estados Unidos es revelador. Allí, se proyecta que el Mundial aporte 17,200 millones de dólares adicionales y genere 185 mil empleos. Sin embargo, el evento pasará casi desapercibido a nivel social, compitiendo por la atención con eventos deportivos de mayor arraigo como la NBA, la MLB y la NFL. El fútbol, para el público estadounidense, sigue siendo un deporte minoritario, urbano y predominantemente latino.
La paradoja es fascinante: el país que recibirá los menores beneficios económicos directos, México, será el que vivirá el torneo con una intensidad emocional incomparable. Una parte significativa de los asistentes a los estadios o de quienes sigan los partidos a distancia serán mexicanos residentes en Estados Unidos, quienes aportarán su fervor a la atmósfera.
Para el mexicano promedio, el Mundial trasciende lo deportivo; es un ritual colectivo. Durante mes y medio, la conversación nacional, las pausas laborales, las comidas familiares y las sobremesas girarán en torno al balón. La selección nacional, a pesar de sus altibajos, se erige como uno de los pocos símbolos capaces de unificar una identidad nacional fragmentada por la violencia, la polarización y la desigualdad.
Una pregunta clave es si esta cohesión simbólica dejará una marca duradera o se desvanecerá con el pitazo final. La historia de los Mundiales de 1970 y 1986 sugiere que sí deja huella, aunque de una naturaleza distinta a la esperada. Lo que perdura no son las infraestructuras renovadas ni la supuesta "marca país", sino las imágenes, las frases icónicas y las generaciones que se identifican con el torneo que presenciaron.
En el ámbito político, la administración de Claudia Sheinbaum enfrentará el torneo en un contexto delicado, marcado por tensiones bilaterales con Washington en materia de seguridad y comercio, y un crecimiento económico discreto. El gobierno federal y los estados sede intentarán capitalizar el evento como una vitrina de hospitalidad e infraestructura. No obstante, el protagonismo mediático de México será limitado, eclipsado por la concentración de partidos clave en sedes estadounidenses y la ausencia de una narrativa única.
En lo deportivo, las expectativas deben ser realistas. La selección mexicana llega con dudas estructurales, aunque con un grupo accesible. El pase a octavos de final parece probable, pero avanzar más allá se vislumbra complicado.
Tras la euforia del 19 de julio, llegará la "cruda". Los hoteles vacíos, los empleos temporales extintos y las inversiones públicas amortizadas darán paso a una posible frustración colectiva si el desempeño del Tri se asemeja al clásico "jugamos como nunca, perdimos como siempre".
Surgirá la incómoda pregunta sobre el legado tangible más allá de los recuerdos. Las experiencias de Sudáfrica 2010, Brasil 2014 y Rusia 2018 son aleccionadoras: el impulso post-Mundial fue menor al anticipado y el legado de infraestructura, decepcionante. México, sin embargo, cuenta con la ventaja de una inversión pública modesta en infraestructura mundialista, apenas 14 millones de dólares en el estadio de Guadalajara, lo que podría mitigar el impacto de la "cruda" económica.