La euforia del Mundial 2026, que ha inundado las ciudades sede de México con una ola de alegría y fervor futbolístico, contrasta drásticamente con la realidad que se vive en otros rincones del país. En estados marcados por la alta actividad del crimen organizado y la violencia del narcotráfico, la fiesta mundialista se vive bajo un manto de miedo e incertidumbre, lejos de las plazas públicas y las zonas de aficionados que rebosan de turistas y locales en la Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey.

Cientos de miles de mexicanos y visitantes han abarrotado las calles y espacios designados para disfrutar del campeonato, que comenzó el pasado 11 de junio. La rápida clasificación de la selección mexicana en la primera fase eliminatoria ha sido un motivo adicional de celebración para muchos. Sin embargo, para miles de familias en zonas de alta incidencia delictiva, las preocupaciones cotidianas eclipsan la pasión por el balompié. Balaceras recurrentes, la sombra de la extorsión y el temor constante a los enfrentamientos entre cárteles impiden que la alegría futbolera florezca con la misma intensidad.

El Miedo que Apaga la Celebración

En Michoacán, uno de los estados con mayor presencia de grupos criminales, la situación es palpable. Un productor de limón, quien solicitó el anonimato por temor a represalias, relató a The Associated Press cómo la violencia ha transformado la experiencia del Mundial. "Otros años la gente se juntaba para ver los partidos, se hacían quinielas", comentó. "Ahorita no, ahora hay que estar cuidando donde hay chingadazos. No hay una fiesta, hay hartazgo". Este testimonio se agrava con el recuerdo de un ataque con drones por parte de grupos del narco a un rancho cercano, ocurrido precisamente durante un partido de México.

La narrativa de un Mundial festivo se desmorona al contrastarla con estas realidades. La posibilidad de que los teléfonos sean monitoreados por los cárteles obliga a la cautela, incluso en la comunicación de miedos y experiencias. La seguridad personal se ha convertido en la prioridad, relegando el disfrute del deporte más popular a un segundo plano, vivido a menudo entre cuatro paredes.

Culiacán: Una Fiesta Silenciada por el Narco

En Culiacán, Sinaloa, la capital del estado, la atmósfera es radicalmente distinta a la de las sedes oficiales. A pesar de estar a solo 1.000 kilómetros de la Ciudad de México, la distancia en términos de seguridad y tranquilidad es abismal. Aquí, la parafernalia mundialista, como las playeras verdes que adornan mascotas o son vestidas por perros como Osito, el can rescatado, no se ve reflejada en las calles. La población opta por la discreción, reuniéndose en bares específicos o en casas de amigos para ver los partidos, siempre con la zozobra de lo que pueda ocurrir al día siguiente debido a la cruenta batalla territorial entre las facciones del Cártel de Sinaloa.

José Miguel Taniyama, chef y propietario de un restaurante en Culiacán, expresó su decepción ante la falta de recuperación económica esperada. A pesar de la expectativa de que el Mundial impulsara su negocio, afectado por años de violencia que han cerrado negocios y despedido a miles, los resultados han sido magros. "No tenemos lleno total ni tenemos los consumos como los teníamos" antes de la escalada de violencia, lamentó. La prisa por regresar a casa tras los partidos, por temor a la inseguridad, limita aún más la actividad comercial.

Poza Rica: Donde la Alegría se Esconde

En el extremo opuesto del país, en Poza Rica, Veracruz, una ciudad petrolera golpeada también por la violencia del crimen organizado, la situación es similar. Tras la victoria de México contra Corea del Sur el 18 de junio, las calles permanecieron desiertas. "Nadie salió a celebrar", afirmó Guillermo Núñez, un comerciante local. El miedo a salir de noche ha erradicado las celebraciones públicas, y la violencia ha cobrado un alto precio, incluso cobrando la vida de periodistas cercanos a su comunidad. "La violencia nos ha robado hasta eso, las ganas de salir a ver el futbol", sentenció Núñez, reflejando el profundo impacto del crimen en la vida cotidiana.

La Visión Oficial: Un País Feliz

En contraste con estas crudas realidades, la presidenta Claudia Sheinbaum ha mantenido una postura optimista respecto al Mundial 2026. A pesar de las presiones externas en materia económica y de seguridad, la mandataria ha destacado la colaboración lograda para el éxito del campeonato, que ha implicado el despliegue de más de 100.000 elementos de seguridad. "La gente está feliz, feliz, feliz, feliz, requetefeliz", declaró Sheinbaum recientemente, pintando un cuadro de júbilo generalizado que parece ignorar las zonas donde la fiesta mundialista es un lujo inalcanzable.

La FIFA, por su parte, ha elogiado la organización y la seguridad implementada en las sedes mexicanas, destacando la infraestructura y la calidez de la afición. La colaboración entre autoridades mexicanas y organismos internacionales ha sido clave para proyectar una imagen de éxito y hospitalidad, aunque esta imagen no abarque la totalidad del territorio nacional. El éxito del torneo, desde la perspectiva de la FIFA, se mide en la fluidez de los partidos, la asistencia y la experiencia general de los aficionados en las sedes, minimizando las preocupaciones sobre las áreas afectadas por la inseguridad.

El Contexto de la Inseguridad

La persistencia de altos niveles de violencia en diversas regiones de México es un fenómeno complejo con raíces profundas. La lucha de los cárteles por el control territorial, la diversificación de sus actividades ilícitas y la infiltración en estructuras locales han generado un clima de inseguridad que trasciende los eventos deportivos. La extorsión, los secuestros y los enfrentamientos armados son una constante en muchas comunidades, limitando la libertad de movimiento y el desarrollo económico.

Históricamente, la presencia del crimen organizado ha afectado la vida pública y privada en México. Eventos masivos como el Mundial, que deberían ser un catalizador de unidad y alegría nacional, se ven empañados por esta realidad. La falta de una estrategia de seguridad efectiva y la persistencia de la impunidad en muchas regiones contribuyen a perpetuar este ciclo de violencia, impidiendo que la población en general pueda disfrutar plenamente de eventos que deberían ser motivo de orgullo nacional.

Implicaciones y Futuro

La dualidad de la experiencia del Mundial 2026 en México pone de manifiesto la profunda brecha entre las zonas de prosperidad y seguridad y aquellas asoladas por la violencia. Mientras las sedes mundialistas brillan como escaparates de la capacidad organizativa del país, las regiones afectadas por el narco viven una realidad paralela, marcada por el miedo y la resignación. La FIFA, al centrarse en el éxito logístico y deportivo, puede estar pasando por alto el impacto humano de la inseguridad en la experiencia de una parte significativa de la población.

La administración actual enfrenta el desafío de reconciliar estas dos realidades. Si bien se ha logrado una colaboración notable en materia de seguridad para el evento deportivo, la solución a largo plazo de la crisis de inseguridad requiere un enfoque integral que aborde las causas estructurales de la violencia y garantice la seguridad y el bienestar de todos los ciudadanos, independientemente de su ubicación geográfica. El legado del Mundial 2026 en México podría ser agridulce: una celebración deportiva exitosa para algunos, y un recordatorio doloroso de las deudas pendientes en materia de paz y seguridad para otros.