Nueva York despidió ayer a uno de sus hijos más ilustres en el mundo del jazz. Sonny Rollins, el saxofonista tenor que marcó generaciones con su sonido inconfundible, falleció a los 95 años de edad.

Rollins se consolidó como una figura central del bebop y del jazz moderno gracias a un estilo que combinaba técnica impecable con una búsqueda constante de nuevas formas de expresión. Su tono robusto y su capacidad para la improvisación lo distinguieron entre sus contemporáneos.

Durante más de cinco décadas, el músico mantuvo una carrera activa que lo llevó a colaborar con las figuras más importantes del género y a grabar álbumes que hoy son considerados clásicos indispensables del jazz.

Su legado incluye composiciones memorables y actuaciones que quedaron grabadas en la memoria colectiva de los aficionados al jazz en todo el mundo. Rollins nunca dejó de experimentar, incluso en las últimas etapas de su carrera.

La comunidad musical internacional lamenta la pérdida de uno de los últimos grandes maestros de la era dorada del bebop, cuya influencia seguirá resonando en las generaciones futuras de músicos.