La recién nombrada presidenta de Morena, Ariadna Montiel, ofreció declaraciones que revelan la tensión interna del partido oficialista: reconoció públicamente que en "los años y meses anteriores" el movimiento vivió episodios de "frivolidad" que le provocan enojo, pero al mismo tiempo se negó a admitir errores concretos que pudieran ser aprovechados por la oposición.
La contradicción es evidente. Montiel habla de "poner orden" en un partido donde, según sus propias palabras, reinó la ligereza, pero se cuida de no señalar responsables ni episodios específicos. La estrategia parece clara: lavar la imagen de Morena sin dar municiones a sus críticos.
"A mí me enoja mucho" la frivolidad vivida, declaró la dirigente, en un intento por desmarcarse de las prácticas que ella misma identifica como problemáticas. Sin embargo, la ausencia de nombres, fechas o casos concretos deja la denuncia en el terreno de lo abstracto, sin consecuencias reales para quienes pudieron haber incurrido en esas conductas.
El compromiso de Montiel de "poner orden" suena hueco cuando no va acompañado de un reconocimiento franco de los problemas que aquejan al partido. ¿Cómo se corrige lo que no se admite? ¿Cómo se sanciona la frivolidad si no se identifican a los frívolos?
La nueva dirigencia de Morena enfrenta el dilema de todos los partidos en el poder: necesita proyectar renovación sin admitir que algo estuvo mal. Montiel intenta caminar esa cuerda floja, pero sus declaraciones revelan más las contradicciones del oficialismo que un genuino plan de transformación interna.
La pregunta que queda en el aire es si este "orden" prometido será real o simplemente otro ejercicio de relaciones públicas. Por ahora, las palabras de Montiel suenan más a control de daños que a verdadera autocrítica.