A pocos días del pitazo inicial de la Copa del Mundo 2026, el MetLife Stadium de Nueva Jersey, escenario designado para la gran final, parece sumido en un silencio casi sepulcral. Las imágenes contrastan drásticamente con la efervescencia que se vive en México, donde el torneo ya se ha apoderado de las calles y la conversación pública.

En la explanada del MetLife Stadium, la actividad es mínima: un empleado instala cámaras de seguridad, una trabajadora del área de comida recoge su gafete y el estacionamiento luce desolado. Esta quietud contrasta fuertemente con la vibrante atmósfera que se respira en la Ciudad de México, Monterrey y Guadalajara. En estas ciudades mexicanas, el Mundial ha desatado una ola de campañas publicitarias, activaciones comerciales, remodelaciones urbanas e incluso la instalación de esculturas monumentales.

El Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México (AICM) es un claro ejemplo de esta fiebre mundialista, con un balón gigante y publicidad que fusiona el torneo con el turismo y el consumo. En contraste, la zona que rodea al MetLife Stadium en Nueva Jersey parece ajena a la inminencia del evento deportivo más grande del planeta.

Horacio Bonilla, un taxista uruguayo con dos décadas de residencia en Estados Unidos, corrobora esta percepción. Sus pasajeros, en su mayoría estadounidenses, muestran poco o nulo conocimiento sobre las fechas de los partidos en su país. Para ellos, temas como el béisbol, el fútbol americano, la política y la situación geopolítica actual eclipsan la emoción del Mundial.

"Cada cual vive en su mundo", comenta Bonilla, reflejando la aparente desconexión del público estadounidense con el torneo. Incluso entre los aficionados al fútbol, la intensidad con la que se sigue el Mundial en México o Sudamérica parece no tener eco en Estados Unidos.

La escena frente al MetLife Stadium refuerza esta idea. Las puertas cerradas, las pantallas apagadas y la vasta explanada de concreto, que pronto albergará a miles de aficionados, permanecen vacías. La única señal del torneo es un imponente anuncio con la imagen de Lamine Yamal y el logo de la FIFA dentro del centro comercial American Dream, un oasis en medio de la aparente indiferencia.

El contraste es aún más marcado al observar la ausencia de la tradicional actividad comercial callejera que suele rodear los estadios en México. Alrededor del MetLife Stadium, los puestos de camisetas, souvenirs y otros productos no están permitidos. La venta se concentra en zonas designadas, lejos de las inmediaciones del recinto, eliminando la postal de vendedores ambulantes y aficionados congregados.

Dentro del centro comercial American Dream, la presencia del Mundial es esporádica y casi accidental. Tiendas de CBD exhiben figuras de estrellas del fútbol, mientras que Build-A-Bear ofrece osos de peluche con uniformes de selecciones. LEGO muestra piezas promocionales. Sin embargo, el consumo general del centro comercial parece girar en torno a otros fenómenos culturales, como el K-pop (BTS) y productos asiáticos, relegando el fútbol a una categoría más.

Esta disparidad subraya una diferencia fundamental en la forma en que México y Estados Unidos están viviendo la previa del Mundial 2026. Mientras México ha capitalizado el evento como una plataforma para la conversación urbana, el comercio y la identidad nacional, Estados Unidos parece mantener una actitud más reservada, enfocada en la logística del evento y con una menor resonancia en la esfera pública.

La preparación técnica y operativa en el MetLife Stadium es evidente, con trabajos de actualización en sistemas de seguridad y comunicación. Sin embargo, la emoción visible en el ambiente aún es incipiente, esperando a que los días de partido transformen la quietud en espectáculo.

La estrategia mexicana de integrar el Mundial en el tejido urbano y comercial desde meses antes del inicio ha demostrado ser un éxito rotundo en términos de generar expectativa y participación. Esta aproximación proactiva contrasta con la aparente pasividad estadounidense, donde la fiebre mundialista parece depender más de la cercanía de los partidos y de la conexión individual con el deporte.

El Mundial 2026 representa una oportunidad única para ambas naciones. Para México, es la consolidación de su pasión futbolística y una vitrina para su dinamismo comercial. Para Estados Unidos, es un desafío para contagiar a su población con la emoción del deporte rey y demostrar que puede ser un anfitrión a la altura de la magnitud del evento.

La comparación entre la fiesta mexicana y el silencio neoyorquino plantea interrogantes sobre la penetración del fútbol en la cultura estadounidense y la efectividad de las estrategias de marketing y activación para un evento de esta envergadura. El tiempo dirá si la energía mexicana logra contagiar a su vecino del norte o si el Mundial se vivirá de manera marcadamente distinta en cada país anfitrión.