El emblemático subcomandante Marcos, figura central del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), ha lanzado una severa advertencia desde San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, señalando que el mundo se encuentra inmerso en una "nueva guerra de conquista". Según sus declaraciones, el objetivo primordial de estos conflictos modernos no es la supervivencia de culturas o civilizaciones, sino la imposición de "modelos de explotación, represión, despojo y desprecio".
Estas palabras, pronunciadas en un contexto de creciente tensión global y violencia endémica, pintan un panorama sombrío sobre las verdaderas motivaciones detrás de las guerras contemporáneas. Marcos, cuya identidad real ha sido objeto de especulación durante décadas, pero cuya voz representa a un movimiento indígena con profundas raíces en la resistencia contra el despojo y la opresión, parece apuntar a un sistema global que prioriza el control económico y la subyugación sobre el bienestar humano y la diversidad cultural.
La estrategia descrita por el líder zapatista inicia con la "destrucción y el despoblamiento", un preludio escalofriante que sugiere la aniquilación de comunidades y ecosistemas como paso previo a la imposición de nuevos órdenes. Esta táctica, lejos de ser una novedad histórica, adquiere en el discurso de Marcos una relevancia contemporánea, vinculándola a dinámicas de poder que trascienden las fronteras nacionales y se manifiestan en diversas formas de violencia, desde conflictos armados hasta la explotación de recursos naturales y la marginación de pueblos originarios.
El EZLN, que emergió públicamente en 1994 con un levantamiento armado en Chiapas, ha mantenido una postura crítica frente a los modelos de desarrollo impuestos por gobiernos y corporaciones. Su lucha, que comenzó como una demanda por tierra, justicia y democracia para los pueblos indígenas de México, se ha expandido a una crítica más amplia del sistema capitalista global y sus mecanismos de dominación.
La declaración de Marcos resuena con fuerza en un México que aún lidia con las secuelas de la violencia y la inseguridad, así como con la persistente lucha de comunidades por defender sus territorios ante megaproyectos y la expansión de economías extractivas. La "guerra de conquista" a la que alude podría interpretarse no solo como conflictos bélicos internacionales, sino también como las agresiones silenciosas pero devastadoras que sufren las poblaciones locales en nombre del progreso y la inversión.
El subcomandante enfatiza que lo que está en juego "no está en juego la supervivencia de 'civilizaciones'", sino la prevalencia de "modelos de explotación, represión, despojo y desprecio". Esta distinción es crucial: Marcos sugiere que las guerras actuales no son choques de culturas, sino la imposición violenta de un sistema económico y social que beneficia a unos pocos a costa de la mayoría, y que además, se sustenta en la negación de la dignidad y los derechos de los pueblos.
La crítica al "despojo" es particularmente relevante en el contexto mexicano, donde la disputa por la tierra y los recursos naturales ha sido una constante histórica, exacerbada en las últimas décadas por políticas de privatización y la expansión de industrias como la minería y los agronegocios. Comunidades indígenas y campesinas han denunciado repetidamente cómo sus territorios son invadidos y sus recursos explotados, a menudo con la complicidad de autoridades y la violencia de grupos criminales o paramilitares.
Asimismo, la "represión" y el "desprecio" mencionados por Marcos aluden a las formas en que los movimientos sociales y las comunidades que resisten a estos modelos de explotación son criminalizados, perseguidos y marginados. La falta de reconocimiento de sus derechos, la violencia ejercida contra sus líderes y la impunidad que rodea a muchos de estos crímenes son testimonios de un sistema que busca silenciar y someter a quienes se oponen a sus designios.
La "nueva guerra de conquista" descrita por el EZLN no se limita, por tanto, a los frentes de batalla tradicionales. Se manifiesta también en la precariedad laboral, la desigualdad social, la destrucción ambiental y la erosión de las identidades culturales. Es una guerra multidimensional que busca consolidar un orden mundial basado en la dominación y el control, donde la vida humana y la naturaleza son meros insumos para la acumulación de capital.
Las implicaciones de esta denuncia son profundas. Invita a una reflexión crítica sobre las causas subyacentes de la violencia y la inestabilidad en el mundo, y cuestiona las narrativas oficiales que a menudo justifican las intervenciones militares o las políticas de despojo en nombre de la seguridad, la democracia o el desarrollo.
El llamado del subcomandante Marcos es, en esencia, un llamado a la resistencia y a la construcción de alternativas. Subraya la urgencia de defender no solo la supervivencia física de las comunidades, sino también la dignidad, la autonomía y la diversidad de los pueblos frente a un sistema que busca homogeneizar y explotar.
La postura del EZLN, a través de la voz de Marcos, se erige como un faro de crítica radical al statu quo, invitando a la sociedad civil, a los movimientos sociales y a todos aquellos que se sienten agredidos por los "modelos de explotación, represión, despojo y desprecio", a unirse en la defensa de un mundo más justo y equitativo.
La "guerra de conquista" que denuncia Marcos es, en última instancia, una lucha por el alma de la humanidad y por el futuro del planeta, una batalla que se libra en múltiples frentes y que exige una respuesta colectiva y decidida.