La Cámara de Diputados se convirtió el jueves en el escenario de un bochornoso espectáculo protagonizado por Zenyazen Escobar García, legislador de Morena, cuya conducta desmedida ha puesto en entredicho la seriedad y el decoro que se esperan de un representante popular.
Los hechos, que ya circulan como reguero de pólvora en los pasillos del poder, describen a un Escobar García fuera de sí: empujando a un colega de bancada, retando a golpes a un diputado del PRI y, para colmo, enfrentando señalamientos de haber estado bajo los influjos del alcohol durante la sesión plenaria.
Este incidente, lejos de ser un hecho aislado, se suma a una creciente lista de comportamientos cuestionables que erosionan la credibilidad de la "Cuarta Transformación" y de sus abanderados.
La respuesta de la dirigencia de Morena no se hizo esperar, aunque con un matiz que deja mucho que desear. Ricardo Monreal Ávila, coordinador del grupo parlamentario guinda, salió al quite para defender a su correligionario, minimizando la gravedad de los actos y negando categóricamente que Escobar García estuviera alcoholizado.
"No estaba alcoholizado, estaba exaltado", declaró Monreal, intentando desviar la atención del fondo del asunto: la falta de control y la violencia que parecen permear en las filas de Morena. Esta defensa, más que tranquilizar, aviva las sospechas sobre la tolerancia del partido hacia conductas inapropiadas de sus miembros.
El diputado del PRI, por su parte, ha sido el blanco de la agresividad de Escobar García. Este tipo de confrontaciones físicas y verbales entre legisladores de distintas fuerzas políticas no solo son inaceptables, sino que reflejan un ambiente de crispación y falta de respeto mutuo que dificulta el diálogo y la construcción de acuerdos.
La acusación de estar alcoholizado, aunque negada por Monreal, es particularmente grave. Si bien no hay pruebas contundentes que lo confirmen, el simple hecho de que se haya planteado y que la conducta del diputado pareciera corresponder a tal estado, genera una sombra de duda sobre su capacidad para ejercer sus funciones de manera responsable.
Este episodio pone de manifiesto la urgencia de que Morena establezca mecanismos de disciplina interna más estrictos y efectivos. La defensa corporativista de Monreal, si bien esperada, resulta contraproducente y alimenta la percepción de impunidad.
Los ciudadanos esperan de sus representantes un comportamiento ejemplar, no solo en el debate de ideas, sino también en su conducta personal. La imagen de un diputado empujando a un colega o retando a golpes a un adversario político es una afrenta a la dignidad del cargo y a la confianza depositada por el electorado.
La defensa de Monreal, al calificar la conducta como "exaltación" y negar el alcoholismo, parece un intento desesperado por proteger la imagen de su partido, pero corre el riesgo de ser interpretada como una justificación de la violencia y la irresponsabilidad.
Es fundamental que se realicen las investigaciones pertinentes y, de ser necesario, se apliquen las sanciones correspondientes. La opacidad y la defensa a ultranza de los suyos solo contribuyen a la desconfianza ciudadana.
Este incidente en San Lázaro no es solo un bochorno para Morena, sino una señal de alerta sobre la calidad del debate y la convivencia en el Congreso. La política mexicana no puede permitirse este tipo de espectáculos que la alejan de su propósito fundamental: servir a la sociedad con altura de miras y respeto.
La defensa de Monreal, en lugar de apagar el incendio, parece echarle más leña. La pregunta que queda en el aire es si Morena tomará cartas en el asunto o si seguirá protegiendo a sus "elementos" problemáticos, a costa de su propia credibilidad.