El Mundial de Fútbol, ese evento que paraliza al planeta cada cuatro años y que se jacta de ser el más grande de todos, parece haber aterrizado en Estados Unidos sin pena ni gloria. A solo días de que ruede el balón en suelo estadounidense, mexicano y canadiense, una cruda realidad emerge: la mayoría de los adultos en la Unión Americana no solo desconocen la magnitud del torneo, sino que muestran un desinterés alarmante. Una encuesta reciente revela que más de la mitad de los estadounidenses no planea ver ni un solo partido desde la comodidad de sus hogares, y solo un escaso 13% se declara completamente seguro de seguir la competición.

Este desdén generalizado se acentúa al observar las diferencias generacionales. Mientras la llamada Generación Z muestra cierto entusiasmo, los baby boomers, aquellos que ya superan los 60 y 70 años, son los menos interesados. Para colmo, un dato demoledor: cerca de la mitad de este grupo demográfico admite no haber oído hablar jamás de Lionel Messi, la estrella argentina cuyo nombre resuena en cada rincón del orbe futbolístico. La pregunta obligada es: ¿cómo puede un evento de esta envergadura pasar tan desapercibido en uno de sus principales anfitriones?

Las razones son multifacéticas, pero una de las más evidentes es la simple falta de conocimiento. Una cuarta parte de los encuestados afirma haber aprendido algo sobre el Mundial, pero casi el 40% confiesa no haber visto ni escuchado absolutamente nada al respecto. Es como si el torneo estuviera ocurriendo en una dimensión paralela, ajena a la conciencia colectiva estadounidense. La organización conjunta entre Estados Unidos, México y Canadá, que prometía ser un escaparate de unidad y pasión deportiva, parece no haber logrado penetrar la barrera de la indiferencia.

Pero el desinterés no solo se explica por la ignorancia; la información que ha llegado a los estadounidenses ha sido, en gran medida, negativa. El tema que más ha resonado, según la encuesta, es el exorbitante precio de las entradas. Cerca del 30% de los consultados está al tanto de los costos prohibitivos, lo que ha generado no solo críticas generalizadas, sino también investigaciones estatales y llamados de casi 70 congresistas para una revisión de precios. La FIFA, en lugar de facilitar el acceso, parece haber optado por una estrategia que aleja a los aficionados.

Otro punto de controversia que ha empañado la imagen del torneo es la polémica decisión de la FIFA de otorgar un premio de la paz al expresidente Donald Trump. Esta medida generó un rechazo firme en el 31% de los encuestados, superando ampliamente al 16% que la aprobó. En lugar de ser un símbolo de unidad, el premio se convirtió en un foco de división, reflejando las tensiones políticas internas de Estados Unidos y su impacto en la percepción del evento.

Ante este panorama, las grandes marcas que han invertido millones en publicidad parecen estar apostando a ciegas. Empresas como McDonald's y Verizon, socios oficiales de la FIFA, así como las cadenas de televisión Fox y Telemundo, que ostentan los derechos de transmisión, se enfrentan a un público que, en su mayoría, no está sintonizando. Coca-Cola, patrocinador histórico, y Nike, a pesar de no ser socio oficial, se posicionan como las marcas más asociadas al marketing del Mundial, seguidas de cerca por Adidas, proveedor del balón oficial.

Sin embargo, las señales de alerta se multiplican. A medida que el inicio del torneo se acerca, la demanda parece ser menor de lo anticipado. Aerolíneas Argentinas ha reducido vuelos especiales para viajeros del Mundial, y anfitriones de Airbnb en ciudades sede reportan una escasa demanda de alojamientos. La cadena de restaurantes Shake Shack, que no es patrocinador oficial, incluso rebajó sus previsiones de ventas trimestrales, reconociendo la ausencia de un impacto positivo esperado del Mundial.

El director ejecutivo de Shake Shack, Rob Lynch, fue claro al señalar una desaceleración en el flujo de turistas en las últimas semanas, especialmente en las grandes ciudades donde operan. La compañía, que inicialmente proyectaba un impulso gracias al torneo, ahora se enfrenta a una realidad donde el Mundial no genera el movimiento esperado. Esta cautela empresarial se suma a la apatía general del consumidor.

La encuesta es contundente: casi el 60% de los participantes afirmó que sus hogares no gastarán un solo dólar en el Mundial 2026, ya sea en entradas, salidas a ver partidos o productos relacionados. Este dato es un balde de agua fría para la FIFA y para los países anfitriones, que esperaban una derrama económica significativa y un impulso al deporte rey en territorio estadounidense.

El Mundial 2026, que se perfilaba como una fiesta deportiva continental, se encuentra con un muro de indiferencia en Estados Unidos. La falta de interés, la percepción negativa sobre los costos y las controversias políticas han creado un cóctel explosivo que amenaza con diluir el impacto del evento. La pregunta ya no es si el Mundial será un éxito en Estados Unidos, sino si logrará siquiera generar un eco significativo en la sociedad estadounidense.

Este desinterés plantea serias dudas sobre el futuro del fútbol en Estados Unidos y la capacidad de la FIFA para conectar con audiencias masivas fuera de los círculos ya establecidos. La organización tendrá que replantear sus estrategias de marketing y comunicación si desea que el deporte crezca y se consolide en un mercado tan competitivo y, a menudo, esquivo como el estadounidense.

La oportunidad de oro para posicionar el fútbol como un deporte de primer nivel en Estados Unidos, aprovechando la condición de anfitrión, parece desvanecerse ante la apatía generalizada. El Mundial 2026 podría ser recordado no por la pasión desbordada, sino por la indiferencia de una nación que, al parecer, aún no se ha contagiado de la fiebre del fútbol.

La narrativa del Mundial como el evento deportivo más grande del planeta choca frontalmente con la realidad de una encuesta que dibuja un panorama desolador en Estados Unidos. La organización conjunta con México y Canadá, que buscaba ser un puente de unión, se enfrenta ahora al desafío de despertar el interés de una población que, en su mayoría, parece tener otras prioridades o, simplemente, no entiende la magnitud de lo que está a punto de comenzar.

El legado del Mundial 2026 en Estados Unidos está en juego. Si la tendencia de desinterés se mantiene, el torneo podría convertirse en un costoso ejercicio de logística y organización, con un impacto deportivo y social mucho menor del esperado. La pelota está en la cancha de la FIFA y de los organizadores para revertir esta tendencia, aunque el tiempo apremia y la indiferencia parece ser el rival más difícil de vencer.