Cuando Uber desembarcó en México hace 13 años, descubrió algo inesperado: había suficientes usuarios con smartphones para descargar la aplicación, pero pocos dispuestos a pagar con tarjeta bancaria. La solución fue introducir el pago en efectivo, modalidad que hasta hoy utiliza más de la mitad de sus clientes en el país.

Esa cifra refleja una realidad más amplia: aunque México se ha convertido en uno de los mercados fintech de mayor crecimiento en América Latina —con más de 800 empresas operando frente a menos de 200 hace una década—, el efectivo sigue dominando la vida cotidiana. Alrededor del 85 por ciento de las compras pequeñas se realizan en billetes y monedas, y más del 90 por ciento de los adultos lo utiliza de alguna forma, según cifras oficiales.

La paradoja es evidente: cerca de ocho de cada diez mexicanos ya cuentan con al menos un producto financiero, pero más de la mitad de las tarjetas de débito en el país no se utilizan y casi la mitad de las tarjetas de crédito permanecen inactivas. En muchos casos, bancos y fintech están colocando estos productos en clientes que nunca los solicitaron.

Detrás de esta resistencia está la enorme economía informal del país, donde opera el 54 por ciento de la población ocupada. El efectivo ofrece anonimato, mientras que los pagos digitales dejan un rastro que puede exponer a los usuarios al pago de impuestos. "La razón más importante por la que la gente no se digitaliza es el miedo a la fiscalización", señaló Emilio Romano, presidente de la Asociación de Bancos de México.

La desconfianza en el sistema bancario también tiene raíces profundas, marcadas por las crisis financieras de las décadas de 1980 y 1990, cuando el colapso de instituciones derivó en un rescate masivo financiado por los contribuyentes. Estudios gubernamentales muestran que apenas seis de cada diez mexicanos confían en que las instituciones financieras protegerán su dinero y sus datos.

La geografía también juega un papel determinante. En Ciudad de México, cerca de la mitad de las transacciones son electrónicas, pero en algunas regiones del sur, más pobres y rurales, el efectivo representa alrededor del 90 por ciento de los pagos. El costo y la complejidad de ingresar efectivo al sistema financiero —con comisiones de alrededor de 20 pesos solo por hacer un depósito en tiendas de conveniencia— tampoco ayudan.

Para muchos mexicanos, como Roberto Negrete, un consultor de construcción de 33 años que guarda su dinero en una caja fuerte en casa, la preferencia por el efectivo es una cuestión de control y simplicidad. "No me gusta depender de una institución financiera para resguardar mi dinero", explicó. "Prefiero hacer las cosas con mis propias manos".