La calle Las Flores, un rincón de la Ciudad de México que hoy palpita al ritmo del Mundial 2026, guarda en sus adoquines la memoria de un pasado menos conocido del icónico Estadio Azteca. Antes de convertirse en el escenario de hazañas deportivas que han marcado la historia de México y del mundo, el Coloso de Santa Úrsula era un gigantesco hoyo en la tierra, un lugar donde la roca volcánica se resistía a ceder ante el avance urbano y donde la dinamita era la herramienta principal para forjar su grandeza.

Los habitantes de Las Flores, muchos de ellos nativos de la zona, recuerdan con una mezcla de nostalgia y asombro los inicios de la construcción del estadio en la década de los 60. Agustina Aguilar, hoy propietaria de una heladería en la calle, relata cómo ella y otros niños de la época utilizaban las excavaciones como improvisadas resbaladillas, descendiendo hasta el fondo del futuro coloso. "Nos gustaba irnos de resbaladilla hasta el fondo del estadio. Nos reuníamos muchos, nos aventábamos al hoyo (...) Aquí crecimos todos", comparte, evocando una infancia marcada por la monumental obra que se erigía a su alrededor.

El padre de Agustina, quien también nació en el barrio, le contaba sobre los tiempos previos a la llegada del agua y la luz, cuando la zona era un paisaje de veredas, biznagas y piedras. La construcción del Azteca, sin embargo, presentó un desafío particular: la tenaz roca volcánica que requirió el uso intensivo de explosivos. Julio, quien hoy regenta un puesto de micheladas en Las Flores, recuerda las historias de su padre, quien trabajó en la obra.

"Era pura piedra. Nos gritaban cuando andábamos todos adentro que ya iban a echar la dinamita (...) Nos decían ‘ya váyanse, váyanse, porque vamos a echar el cuete’, así decían. Gritaban ‘¡cuete, cuete!’", narra Julio, describiendo el sonido de las piedras cayendo tras cada detonación, algunas de las cuales llegaban hasta las casas cercanas. La calle Las Flores, en aquel entonces, era un testigo directo de la fuerza y la determinación necesarias para edificar uno de los estadios más emblemáticos del planeta.

La inauguración del Estadio Azteca, el 29 de mayo de 1966, marcó el inicio de una era. Desde entonces, ha sido escenario de momentos cumbre del fútbol mundial, incluyendo las gestas de Pelé en 1970 y la icónica "Mano de Dios" de Maradona en 1986. Más recientemente, el Coloso de Santa Úrsula ha sido testigo de la despedida de Guillermo "Memo" Ochoa de la Selección Mexicana en su sexto Mundial, un evento que resonó hasta la calle Las Flores, donde la atmósfera festiva se vive con cada partido.

El Mundial 2026, que ha traído consigo una nueva ola de emoción y actividad a la Ciudad de México, ha revitalizado la calle Las Flores, convirtiéndola en un epicentro culinario para los aficionados. Micheladas, tacos y otras delicias se han convertido en los "goles de vestidor" que acompañan cada encuentro.

Antes de su transformación comercial, la calle Las Flores era conocida principalmente por ser un área de estacionamiento para los asistentes al estadio. Agustina recuerda que su casa podía albergar hasta 30 vehículos. Sin embargo, en la década de los 80, la calle adquirió su distintivo adoquinado, un evento que incluso contó con la visita del expresidente Miguel de la Madrid.

La historia de la calle Las Flores y el Estadio Azteca es un testimonio de la evolución urbana y social de la Ciudad de México. Es la crónica de cómo un barrio humilde se convirtió en el crisol donde se forjó un gigante del deporte, y cómo, décadas después, sigue siendo parte integral de la experiencia del fútbol, especialmente en un evento de la magnitud del Mundial 2026.

El legado del Azteca trasciende los partidos y los campeonatos. Es la historia de las familias que vivieron su construcción, de los niños que jugaron en sus entrañas antes de que las vallas delimitaran su espacio, y de las calles que, como Las Flores, se nutrieron de la energía y la transformación que trajo consigo la edificación de este monumento deportivo.

La FIFA, en su rol de supervisora y promotora del fútbol a nivel global, ha sido fundamental en la preservación y el desarrollo de recintos como el Estadio Azteca. La reciente entrega de las instalaciones del estadio a la FIFA, ahora conocido como Estadio Ciudad de México, subraya la importancia de este recinto para el organismo rector del fútbol mundial y su compromiso con la celebración de eventos de la envergadura del Mundial 2026.

Este proceso de adecuación y entrega a la FIFA no solo garantiza que el Azteca cumpla con los más altos estándares internacionales, sino que también reafirma su estatus como un escenario histórico y vital para el futuro del fútbol. La colaboración entre las autoridades mexicanas y la FIFA es crucial para asegurar que el Mundial 2026 sea un éxito rotundo, y que el Estadio Azteca continúe siendo un pilar de la pasión futbolística.

La calle Las Flores, con su rica historia y su vibrante presente, encapsula la esencia de la relación entre la comunidad y el deporte. Es un recordatorio de que detrás de cada gran estadio hay historias humanas, transformaciones urbanas y un legado que perdura, especialmente en el contexto de un evento tan esperado como la Copa del Mundo.

El Mundial 2026, al regresar a México y tener al Azteca como uno de sus escenarios principales, no solo trae consigo la emoción del deporte, sino también la oportunidad de reconectar con las raíces y las historias que dieron forma a este icónico lugar. La calle Las Flores es, en este sentido, un símbolo de esa continuidad y de la profunda conexión entre la ciudad, su gente y el fútbol.