En un acto de profunda congoja y desesperación, familias mexicanas conmemoraron el Día Internacional de las Víctimas de Desapariciones Forzadas pegando miles de fichas de búsqueda en la emblemática Glorieta de los Desaparecidos. La jornada, marcada por la ausencia y la exigencia de justicia, puso de manifiesto la cruda realidad de miles de familias que cargan con el peso de la incertidumbre y la inacción gubernamental.
Alejandro López, un padre de avanzada edad, se aferraba a una brocha, su rostro reflejando el cansancio de años de búsqueda. Con manos temblorosas, aplicaba pegamento a las vallas que rodean la Glorieta, un sitio que se ha convertido en un santuario de la memoria y la exigencia. Su esposa, sosteniendo un fajo de fichas, le entregó la de su hijo Axel Humberto López Aguilar, desaparecido desde el 10 de julio de 2013 en El Mante, Tamaulipas. Cada ficha representa una historia truncada, un vacío irreparable.
Decenas de familias se unieron a este acto de protesta silenciosa, pegando alrededor de 2 mil 300 fichas de búsqueda. La jornada, que incluyó una limpieza previa de las vallas, buscaba visibilizar la magnitud de la crisis de desapariciones que azota al país, una herida abierta que el gobierno parece ignorar.
Gabina Lozada, madre de Juan Daniel Pompa Lozada, desaparecido en agosto de 2021 en Acapulco, Guerrero, tras acudir en busca de empleo, compartió su amarga experiencia. A cinco años de la desaparición de su hijo, denuncia la falta de avances y la carga que recae sobre las familias.
"Lamentablemente, como madres buscadoras, hacemos el trabajo que la Fiscalía y el mismo gobierno no hacen", declaró Lozada, evidenciando la profunda brecha entre la necesidad de justicia y la respuesta oficial. Ella, junto a la esposa de su hijo, ha recorrido incansablemente Acapulco, buscando pistas, aferrándose a la esperanza en medio de la desolación.
La conmemoración se vio empañada por la indiferencia de una sociedad absorta en sus propias actividades. Mientras las familias pegaban las fichas, cientos de corredores pasaban a un lado, enfocados en el Maratón de la Ciudad de México. La madre de Juan Daniel expresó su tristeza ante esta apatía, recordando que nadie está exento de convertirse en víctima de una desaparición forzada.
"Es triste ver esto, que la mayoría de la gente que está aquí está enfocada al maratón y no realmente a apoyarnos, a unirse a nosotros aunque no sean sus familiares. Yo creo que nunca estamos exentos a pasar algo así, créeme que jamás pensé que yo iba a pasar algo así, jamás", lamentó, haciendo un llamado a la solidaridad y a la exigencia de soluciones.
Otra madre presente fue Verónica Rosas, cuya lucha se centra en la desaparición de su hijo Diego Maximiliano Rosas Valenzuela, secuestrado y desaparecido el 4 de septiembre de 2015 en Ecatepec, Estado de México. La cercanía del onceavo aniversario de su desaparición, y el reciente cumpleaños número 27 de Diego, añadieron una capa de dolor a la jornada.
"Desgraciadamente ya casi 11 años de buscarlo, la próxima semana se cumplen los 11 años y ayer fue su cumpleaños 27, por ello, mi colectivo, mis solidarios y mi familia decidimos de alguna forma celebrar su vida, agradecer su vida, no como nosotros quisiéramos porque quisiéramos que él estuviera aquí pero es una forma también de traerlo al presente porque no sabemos qué ha pasado con Diego", compartió con la voz entrecortada.
El contexto de esta manifestación es la alarmante cifra de personas desaparecidas en México, una crisis humanitaria que ha crecido exponencialmente en las últimas décadas. Gobiernos van y vienen, pero la respuesta efectiva para localizar a los miles de desaparecidos y llevar a los responsables ante la justicia sigue siendo esquiva. Las familias buscadoras, a menudo, se convierten en las únicas investigadoras, enfrentando obstáculos burocráticos, amenazas y la indiferencia de las autoridades.
Históricamente, la desaparición forzada en México ha estado ligada a la impunidad y a la colusión de autoridades con el crimen organizado. Las familias que buscan a sus seres queridos no solo enfrentan el dolor de la ausencia, sino también la revictimización y la falta de apoyo institucional. La Glorieta de los Desaparecidos se ha convertido en un símbolo de esta lucha, un recordatorio constante de las promesas incumplidas y la deuda social pendiente.
Las implicaciones de esta crisis van más allá de las cifras. Cada persona desaparecida representa un núcleo familiar destrozado, un futuro incierto y una sociedad fracturada. La falta de resultados tangibles por parte del Estado genera desconfianza y fomenta la desesperanza, obligando a las familias a organizarse y a tomar la justicia por su propia mano, en la medida de lo posible.
Las reacciones esperables ante este tipo de eventos suelen ser de conmoción y solidaridad por parte de la sociedad civil, pero también de silencio y evasión por parte de aquellos que prefieren no confrontar la dura realidad. Las autoridades, por su parte, suelen emitir comunicados genéricos, prometer investigaciones y, en la mayoría de los casos, los expedientes se archivan en el olvido.
Lo que sigue para estas familias es la continuación de su incansable búsqueda. Seguirán pegando fichas, seguirán marchando, seguirán exigiendo. La esperanza, aunque menguada, se mantiene viva en el corazón de cada madre, padre, hermano o hijo que busca a su ser querido desaparecido. La pregunta que resuena en el aire es: ¿cuándo habrá justicia y verdad para las miles de víctimas y sus familias?
La conmemoración de este día, más allá de ser un acto de memoria, es un grito de auxilio y una denuncia pública contra la indolencia. Las familias buscadoras son un espejo que refleja la falla del Estado en su obligación más básica: proteger la vida y la integridad de sus ciudadanos. La pega masiva de fichas es un recordatorio visual y desgarrador de que la crisis de desapariciones en México no es un problema del pasado, sino una herida abierta y dolorosa en el presente.