La reciente celebración tras la victoria de México sobre Ecuador en el Mundial de Futbol ha dejado un saldo trágico: cuatro personas fallecieron en el perímetro del Ángel de la Independencia, tres por asfixia y una por paro cardiorrespiratorio. Este lamentable suceso ha desatado una polémica sobre la gestión de la Jefa de Gobierno de la Ciudad de México, Clara Brugada, y si la magnitud del evento hacía imposible garantizar la seguridad de casi un millón y medio de asistentes.

La discusión se ha centrado en las consecuencias inmediatas de este desbordado festejo, pero ha omitido indagar en las causas profundas que propiciaron las condiciones para que ocurrieran estas muertes. La crítica principal apunta a un operativo de seguridad insuficiente, especialmente considerando la escalada en el número de asistentes a lo largo de los partidos previos: de 150 mil en la inauguración, a 450 mil en el segundo encuentro, 800 mil en el tercero, y finalmente, la multitudinaria asistencia para el partido contra Ecuador.

Clara Brugada, en un intento por deslindarse de responsabilidades, ha señalado que su gobierno advirtió a la población sobre los riesgos y exhortó a no acudir al Ángel de la Independencia. Sin embargo, esta postura es vista como una irresponsabilidad por parte de la mandataria. Por un lado, transfiere la culpa de las deficiencias de su administración a los ciudadanos que asistieron. Por otro, ignora que fue su propio gobierno el que creó las condiciones propicias para los excesos, interpretando la celebración como una oportunidad para capitalizar votos a través de una deriva populista.

Facilitar un evento de esta magnitud puede ser una estrategia para ganar apoyo popular, pero equiparar la mecánica de un programa social con una concentración masiva, donde la probabilidad de incidentes trágicos es significativamente mayor debido al comportamiento de muchos bajo los efectos del alcohol y las drogas, es una irresponsabilidad mayúscula. Las concentraciones de multitudes, como se ha visto a nivel mundial, elevan considerablemente los riesgos de seguridad.

El origen de la tragedia se remonta a la planeación inicial de Brugada para el Mundial. La idea de abrir centros de diversión y festejo gratuitos, alternos a los Fan Fest oficiales de la FIFA, fue una iniciativa positiva. Sin embargo, la decisión de colocar una pantalla gigante en el Ángel de la Independencia para el partido inaugural, y luego expandir la zona de festejo con múltiples pantallas y escenarios musicales para los encuentros subsecuentes, demostró la novatez y falta de previsión del equipo de Brugada y su secretario de Seguridad, Pablo Vázquez.

La estrategia de multiplicar el número de pantallas, supuestamente para dispersar a la multitud, resultó ser un error conceptual. En lugar de una relocalización de multitudes, se amplió la zona de celebración, facilitando así una mayor congregación. La instalación de escenarios musicales y la presencia de grupos y DJs, que animaban a los asistentes desde horas antes de los partidos, contribuyeron a crear un ambiente de fiesta descontrolada.

Brugada, al incentivar la asistencia masiva a Paseo de la Reforma, decretando días de asueto y promoviendo la salida temprana del trabajo, creó un verdadero "festejódromo". Si bien la decisión de facilitar la transmisión de los juegos fue positiva, no se contempló la magnitud del evento ni las implicaciones de seguridad. Las críticas sobre errores de planeación, control de aforos, rutas de evacuación y manejo de multitudes, resultan reduccionistas al no cuestionar desde un principio la viabilidad de concentraciones masivas en un lugar específico.

Los señalamientos posteriores a los hechos son, en gran medida, extemporáneos. Se podría argumentar también una responsabilidad compartida por parte de la oposición y los medios, que no exploraron a priori los escenarios de riesgo y no cuestionaron la planeación gubernamental. La evaluación de los operativos previos como exitosos, basándose en un saldo blanco, sin analizar las razones subyacentes, y luego calificar el evento con cuatro fallecimientos como un "fracaso", evidencia una falta de análisis profundo.

No se trató de un exceso de confianza por parte del gobierno, sino de una falla fundamental en la planeación y la ausencia de mapas de riesgo. La incompetencia del equipo de Brugada se manifestó en la falta de acciones concretas para el control de aforos, la ausencia de técnicas de manejo de multitudes y la inexistencia de rutas de evacuación. Todo quedó a merced del azar y del estado de ánimo de los asistentes.

En un giro irónico, en lugar de aprender de la tragedia, Brugada ha anunciado la instalación de más pantallas gigantes, perpetuando el "festejódromo" y sin tener claridad sobre cuántas se añadirán ni en qué otras zonas de la capital. Este anuncio, acompañado de la justificación de que se busca evitar lo sucedido, parece ignorar la raíz del problema: la falta de una planeación integral y segura para eventos masivos.

La gestión de la seguridad en eventos masivos es un desafío constante para cualquier administración. La Ciudad de México, con su vasta población y su efervescencia social, requiere de una planificación meticulosa y protocolos de seguridad robustos. La tragedia en Paseo de la Reforma subraya la necesidad de replantear las estrategias para garantizar la seguridad de los ciudadanos en futuras celebraciones, priorizando la vida y el bienestar sobre la espectacularidad y el rédito político.

El incidente pone de manifiesto la importancia de la coordinación interinstitucional y la consulta con expertos en gestión de multitudes y seguridad. La improvisación y la falta de análisis de riesgos pueden tener consecuencias devastadoras, como lo demuestra este lamentable suceso que empaña la alegría de un triunfo deportivo y deja una profunda herida en la capital del país.

La responsabilidad de la Jefa de Gobierno y su equipo es ineludible. La ciudadanía espera respuestas claras y acciones contundentes que demuestren un compromiso real con la seguridad y el bienestar de todos los habitantes de la Ciudad de México, y no meras justificaciones o planes que perpetúen los errores del pasado.