Durante más de medio siglo, Cuba logró mantener indicadores de salud infantil dignos de las naciones más prósperas del planeta. El sistema sanitario de la isla, reconocido internacionalmente por su cobertura universal y su enfoque preventivo, había conseguido tasas de mortalidad infantil comparables con las de Estados Unidos o Canadá, incluso en medio de severas restricciones económicas.

Ese logro histórico, fruto de una política estatal que priorizó el seguimiento materno-infantil y la atención primaria, enfrenta ahora su prueba más dura. Los datos recientes revelan un incremento en la mortalidad de menores de un año, quebrando una tendencia de décadas que había convertido a Cuba en referente sanitario para América Latina.

La crisis económica que atraviesa el país caribeño, agravada por el bloqueo comercial y financiero que Washington mantiene desde hace más de seis décadas, ha erosionado la capacidad del sistema de salud para sostener sus estándares. La escasez de medicamentos, equipos médicos y suministros básicos golpea directamente a los sectores más vulnerables de la población.

Médicos y especialistas cubanos han advertido sobre las dificultades para acceder a insumos esenciales en las unidades de cuidados intensivos neonatales. Las sanciones estadounidenses complican la importación de tecnología médica y fármacos, obligando al personal sanitario a trabajar con recursos cada vez más limitados.

A pesar de las adversidades, el modelo de atención primaria cubano continúa operando con la red de consultorios de barrio y el programa de médicos de familia que caracterizó su éxito durante décadas. Sin embargo, la falta de recursos materiales pone en riesgo conquistas que parecían irreversibles.

Organismos internacionales han documentado el impacto humanitario del embargo sobre la población civil cubana, particularmente en el acceso a medicinas y tecnología sanitaria. El deterioro de los indicadores de salud infantil representa una de las consecuencias más dramáticas de esta política de aislamiento económico.

La comunidad médica internacional observa con preocupación cómo un sistema de salud que fue modelo de eficiencia y equidad enfrenta desafíos sin precedentes. El aumento en la mortalidad infantil no solo representa una tragedia humana, sino la pérdida de décadas de avances en salud pública que beneficiaron a millones de familias cubanas.