La temporada de huracanes del Atlántico en 2026 está marcando un hito histórico, presentando una actividad inusualmente baja que no se veía desde hace 85 años. Las aguas del segundo océano más grande del mundo se muestran sorprendentemente tranquilas, desafiando las expectativas y las tendencias habituales de septiembre, mes que tradicionalmente se caracteriza por la amenaza de ciclones mortales que azotan las costas desde Nicaragua hasta Terranova.
Este fenómeno se atribuye a una combinación de factores atmosféricos clave: la presencia de aire seco, una atmósfera notablemente estable y una fuerte cizalladura del viento. Estos elementos actúan conjuntamente para suprimir el desarrollo de cualquier sistema que intente formarse, confirmando las predicciones que vinculaban un fenómeno de El Niño de gran intensidad con una temporada de huracanes significativamente más quieta.
En lo que va del año, el Atlántico solo ha registrado cinco tormentas tropicales de corta duración, y ninguna ha escalado hasta la categoría de huracán. Esta cifra contrasta drásticamente con los años anteriores, donde la actividad ciclónica suele ser mucho más pronunciada.
Phil Klotzbach, una figura prominente en la predicción de huracanes y autor principal del pronóstico estacional de la Universidad Estatal de Colorado, ha destacado la excepcionalidad de la situación. "Este año estamos batiendo todo tipo de récords de cizalladura", afirmó, añadiendo que los modelos meteorológicos actuales también muestran una debilidad considerable en cuanto al desarrollo de tormentas en los próximos diez días.
El pronóstico de Klotzbach para las próximas dos semanas, un periodo que estadísticamente representa el clímax de la actividad de huracanes y tormentas tropicales en el Atlántico, indica una probabilidad del 97 por ciento de que la actividad general sea muy inferior a la media histórica. El pico estadístico de la temporada, que usualmente se sitúa alrededor del 10 de septiembre, es el único día en que la formación o presencia de una tormenta con nombre sobre el océano es casi una certeza, pero este año la tendencia se ha roto.
La tranquilidad del Atlántico representa una excelente noticia para millones de personas que residen en las costas este y del Golfo de Estados Unidos, así como para las comunidades insulares del Caribe. Además, esta calma se traduce en menores interrupciones para las vitales terminales de exportación de petróleo y gas ubicadas en la región del Golfo de México, un sector económico crucial para la región.
¿Por qué la calma en el Atlántico?
La supresión de la actividad ciclónica se explica principalmente por la cizalladura del viento. Este fenómeno ocurre cuando los vientos, a diferentes altitudes, soplan con velocidades o direcciones distintas, lo que tiene un efecto desintegrador sobre las tormentas en proceso de formación. Paralelamente, la estabilidad atmosférica inhibe las ondas tropicales que viajan desde África hacia el oeste, las cuales son los componentes básicos a partir de los cuales pueden desarrollarse los huracanes.
Ambos factores, la cizalladura del viento y la estabilidad atmosférica, están intrínsecamente ligados al fenómeno de El Niño. En su fase activa, El Niño tiende a favorecer la cizalladura del viento en el Caribe y provoca un descenso del aire, lo que a su vez mantiene la atmósfera estable sobre el Atlántico central, obstaculizando la formación de tormentas.
Más allá del simple conteo de tormentas, los meteorólogos y científicos utilizan métricas como la Energía Ciclónica Acumulada (ACE, por sus siglas en inglés) para evaluar la intensidad y duración de la actividad ciclónica. Esta métrica se calcula comparando la energía y el tiempo de vida de las tormentas.
Actualmente, la cifra de ACE se sitúa en 4.4, el nivel más bajo registrado desde 1941. En aquel año, solo se contabilizaron seis tormentas, y algunas de ellas fueron más intensas que las formadas hasta ahora en 2026, según los registros del Centro Nacional de Huracanes. Las tormentas tropicales Arthur, Cristóbal y Dolly, que han aparecido este año, tuvieron duraciones cortas, de apenas dos días cada una. Edouard se extendió por tres días y Bertha por cinco. Los vientos más fuertes registrados hasta la fecha, de 80 kilómetros por hora, fueron generados por Edouard y Bertha, ambas tormentas que impactaron la costa de Texas.
A pesar de la calma actual, los expertos no descartan por completo la posibilidad de que se forme al menos un huracán antes de que concluya la temporada. Sin embargo, las proyecciones sugieren que, de ocurrir, es más probable que surja de las zonas subtropicales en lugar de los trópicos profundos, dada la persistencia prevista de la fuerte cizalladura del viento. Esta situación subraya la importancia de monitorear continuamente las condiciones meteorológicas, incluso en temporadas inusualmente tranquilas, para garantizar la seguridad de las poblaciones costeras y la estabilidad de las infraestructuras críticas.