La Ciudad de México se encuentra inmersa en una profunda paradoja. Por un lado, la imagen del ajolote, ese anfibio endémico de aspecto singular, inunda las calles, los muros y se perfila como la mascota no oficial de la Copa del Mundo 2026, un fenómeno que celebra su singularidad y arraigo cultural. Sin embargo, detrás de esta aparente celebración, se esconde una cruda realidad: la especie se encuentra al borde de la extinción en su hábitat natural, los canales de Xochimilco.

Esta alarmante situación ha movilizado a un grupo de científicos y investigadores mexicanos, quienes dedican sus vidas a una lucha contrarreloj para revertir el declive del ajolote y, con ello, preservar el frágil ecosistema que lo alberga. "Si hay realmente interés porque el ajolote sea un símbolo de conservación, que se vean los trabajos en las zonas donde habitan los animales", clama José Antonio Ocampo, doctor en Ciencias Marinas y director del Centro de Investigaciones Biológicas y Acuícolas de Cuemanco (CIBAC) de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM). Ocampo, con 32 años de trayectoria dedicada a la conservación del ajolote mexicano, es una voz de autoridad en esta batalla.

El CIBAC, ubicado en el histórico canal de Cuemanco, es una pieza clave en este esfuerzo. Registrado ante la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat) como una Unidad de Manejo de Vida Silvestre de tipo Múltiple, el centro ha sido un bastión para la reproducción del ajolote desde su creación en 1994. Su objetivo primordial es la conservación de la especie, manteniendo un fenotipo lo más cercano posible al silvestre y replicando las condiciones ambientales actuales de los canales.

Este año, el centro tiene la esperanza de liberar cerca de 800 ejemplares de ajolotes en una zona específica de Xochimilco. Una cifra que, aunque significativa, representa solo una gota en el océano de la necesidad. El doctor Ocampo se muestra cauto pero esperanzado: "Con que haya un 20 por ciento de supervivencia y que los ajolotes puedan empezar a reproducirse de manera silvestre (...) sería increíble, porque ya tendríamos un cuerpo de agua donde la selección ya está siendo natural". Sin embargo, este proyecto crucial está a la espera de la aprobación de los trámites ante la Semarnat, entidad que regula la liberación de cualquier especie en su hábitat natural.

La historia del ajolote en Xochimilco es un relato de declive dramático. Un censo realizado en 1998 por la doctora Virginia Graue Wiechers, también de la UAM-X, arrojó una población de alrededor de 6 mil ejemplares por kilómetro cuadrado. Para 2014, esta cifra se había desplomado a tan solo 35. Actualmente, el número exacto de ajolotes silvestres es incierto, una incógnita que agrava la urgencia de la situación.

El ajolote, cuyo nombre proviene del dios azteca Xolotl, ha sido parte intrínseca de la cultura del Valle de México desde tiempos prehispánicos. Su imagen, a menudo confundida con la de una lagartija con filamentos branquiales, adorna desde billetes de 50 pesos hasta innumerables objetos de consumo. Sin embargo, la representación popular a menudo dista de la realidad: la especie nativa de Xochimilco es de piel oscura, no albina, un detalle que se pierde en la comercialización masiva de souvenirs.

México ostenta el récord de mayor variedad de ajolotes, con 17 especies registradas, 16 de las cuales son endémicas. El ajolote que se ha convertido en ícono de la Ciudad de México es el Ambystoma mexicanum, una de las tres especies originarias del Valle de México, adaptada a la vida en las chinampas y humedales de Xochimilco. Estos anfibios de sangre fría, que respiran a través de branquias y pulmones, son objeto de fascinación científica, especialmente por su extraordinario poder regenerativo.

"Lo que llama la atención es que puede regenerar prácticamente toda una extremidad. Si le cortan una pata puede crecer. La idea de hacer estos estudios es para ver si en algún momento se descubren los mecanismos que activan la regeneración y si esto se puede aplicar en la medicina humana, para regenerar algunos tejidos", explica Ocampo, subrayando el potencial biomédico de esta especie.

La reproducción del ajolote en cautiverio, si bien es relativamente sencilla, presenta sus propios desafíos. La conservación de la variabilidad genética es crucial para evitar la endogamia, un proceso que puede derivar en enfermedades y deformaciones en las colonias. "Por eso es importante que se lleven registros de los animales que tienen; de dónde provienen; con quiénes sí los puedo cruzar; con quiénes no. Ese es el problema", advierte el especialista.

La falta de conciencia pública es uno de los mayores obstáculos. La contaminación de los canales, la introducción de especies invasoras como la tilapia y la carpa, y la degradación del hábitat son factores determinantes en el declive del ajolote. La gente no tiene la conciencia de que el ajolote es un animal que está en peligro de extinción y que su hábitat está muy contaminado", lamenta Ocampo.

La labor de los científicos es titánica y enfrenta la indiferencia de una sociedad más preocupada por el espectáculo mundialista que por la supervivencia de uno de sus tesoros biológicos más preciados. La esperanza reside en la acción coordinada, en la voluntad política y, sobre todo, en un cambio radical de mentalidad que reconozca el valor intrínseco del ajolote y la urgencia de protegerlo.

El futuro del ajolote pende de un hilo, y la responsabilidad recae no solo en los científicos y las autoridades, sino en cada ciudadano que, al admirar su imagen, recuerde la fragilidad de su existencia y la imperiosa necesidad de actuar antes de que sea demasiado tarde. La lucha por el ajolote es, en esencia, una lucha por la identidad y la biodiversidad de México.

La comunidad científica y conservacionista hace un llamado urgente a la acción. Se necesitan políticas públicas más robustas, mayor inversión en investigación y conservación, y, fundamentalmente, una campaña de concientización masiva que eduque a la población sobre la importancia del ajolote y su ecosistema. Sin un cambio profundo en la percepción y el comportamiento humano, el destino del ajolote parece sellado.

La paradoja de la Ciudad de México se agudiza: un símbolo nacional que triunfa en el imaginario colectivo, pero que se desvanece en la realidad de su hábitat. La ciencia hace su parte, pero la voluntad social y política es el factor determinante para evitar que el ajolote se convierta en un recuerdo, una especie más perdida en la historia.