México se prepara para albergar, por tercera vez, la Copa del Mundo de la FIFA. Sin embargo, lo que debería ser una fiesta nacional se ha convertido en un motivo de indignación para muchos aficionados, quienes ven cómo la organización del evento, liderada por la FIFA, prioriza el lucro desmedido sobre la pasión por el deporte.

Roberto Ruano, un abogado de 63 años y aficionado de toda la vida, es un claro ejemplo de este desencanto. Habiendo presenciado en el Estadio Azteca las glorias de Pelé en 1970 y el dominio de Maradona en 1986, Ruano hoy se muestra apático. "Simplemente ya no me importa el Mundial", declara con frustración. "El afán recaudatorio, los precios absurdos, las obras inconclusas. Así no es como se entusiasma a la gente". Su sentir refleja una creciente brecha entre la FIFA y la afición, exacerbada por precios de boletos que parecen sacados de otro planeta.

El costo de acceso a los partidos se ha convertido en el principal obstáculo. El boleto más económico en reventa para el partido inaugural en la Ciudad de México supera los 2 mil dólares, una cifra que equivale aproximadamente al doble del salario mensual promedio en el país. Los paquetes VIP y de hospitalidad, por su parte, se disparan por encima de los 19 mil dólares. "¿Quién está tan loco como para pagar el equivalente al enganche de una hipoteca por un partido de futbol? Esto es una locura", cuestiona Andrés Sahagún, un influencer de futbol que ha ganado notoriedad criticando la situación en redes sociales.

Sahagún enfatiza la desconexión total entre el torneo y la realidad económica de la mayoría de los mexicanos. "Este torneo está completamente desconectado de la realidad; la gente simplemente no logra identificarse con él". Señala que el gasto anual promedio de un mexicano en entretenimiento ronda los 900 dólares, haciendo impensable desembolsar cientos de dólares por una simple camiseta del equipo nacional, mucho menos por un boleto.

La FIFA, a pesar de la creciente ola de críticas, mantiene su estrategia de maximizar ingresos. Mientras que los boletos de admisión general para los 13 partidos que se jugarán en México ya están agotados, los palcos de lujo y las experiencias premium siguen disponibles, evidenciando una clara segmentación del mercado y una priorización de los asistentes de alto poder adquisitivo.

Incluso la Jefa de Gobierno de la Ciudad de México, Claudia Sheinbaum, ha tenido que abordar el tema, reconociendo la sensibilidad del asunto. Su administración ha buscado paliar la situación mediante la instalación de pantallas gigantes en plazas públicas para la transmisión gratuita de algunos partidos, en colaboración con Grupo Modelo. Además, Sheinbaum ha impulsado iniciativas como un "Mundial social" con actividades gratuitas y torneos amateurs, y ha declinado asistir al partido inaugural, regalando su boleto a una niña seleccionada por concurso.

Las ciudades sede —Guadalajara, Monterrey y la Ciudad de México— no solo enfrentan los altos costos de los boletos, sino también las secuelas de años de obras públicas inconclusas, que han generado caos vial y protestas. La situación se agrava en un contexto de creciente costo de vida, especialmente en la capital, donde los precios de la vivienda se han disparado.

El desempeño deportivo de la selección mexicana tampoco ayuda a levantar el ánimo. Tras un decepcionante desempeño en el Mundial de Qatar 2022, las expectativas para el equipo nacional son bajas. "Es una selección sin estrellas, sin grandes nombres y con muy poco atractivo para los aficionados", comenta Gerardo Velázquez de León, periodista especializado en el Tri. "La selección está completamente desconectada de sus aficionados en México, porque casi ya no juega en el país y prefiere disputar partidos en Estados Unidos, donde los ingresos por boletaje son mayores".

La batalla legal de Roberto Ruano con la FIFA por sus palcos en el Estadio Azteca añade una capa personal de frustración. La FIFA exige a los propietarios de palcos adquirir paquetes de alimentos y bebidas que superan los 50 mil dólares para los cinco partidos que se disputarán en la Ciudad de México. Ruano y otros afectados están impugnando estas exigencias en tribunales, sintiendo que la organización está destruyendo el amor por el deporte.

Este panorama pinta un Mundial agridulce para México. Si bien la infraestructura y la pasión por el futbol persisten, la avaricia de la FIFA y la desconexión con la realidad económica de la mayoría de los mexicanos amenazan con empañar la experiencia, dejando a muchos aficionados, como Roberto Ruano, con un sentimiento de profunda decepción y apatía.

La FIFA, en su afán recaudatorio, parece haber olvidado que el futbol es, ante todo, un deporte para las masas. Los exorbitantes precios de los boletos y las exigencias desmedidas no solo alejan a los aficionados, sino que también profundizan la desigualdad social, convirtiendo un evento que debería unir al país en un símbolo de exclusión.

El legado de este Mundial, más allá de los resultados deportivos, podría ser el de una FIFA que priorizó el beneficio económico sobre la experiencia de los verdaderos protagonistas: los aficionados. La pregunta que queda en el aire es si esta estrategia será sostenible a largo plazo o si la FIFA terminará por alienar a su base más leal.

La organización del Mundial 2026 en México se presenta, por tanto, no solo como un desafío logístico y deportivo, sino también como un examen de conciencia para la FIFA sobre su papel en el ecosistema del futbol global y su compromiso con la accesibilidad y la inclusión.

El llamado de atención de aficionados como Ruano y Sahagún resuena como una advertencia: el futbol, para seguir vivo y vibrante, necesita ser accesible y representar los valores de pasión y comunidad, no solo de lucro y exclusividad.